El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.44
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Es el hombre más honrado y digno, y aún diré más entendido en su oficio que haya en toda la marina mercante. ¡Oh, señor de Villefort! ¡Os lo recomiendo encarecidamente!
Como ya habrán comprendido los lectores, pertenecía Villefort al partido noble de la ciudad, y Morrel
al plebeyo: con lo que el prime ro era ultrarrealista, y al segundo se le tildaba de bonapartista.
Miró Villefort desdeñosamente a Morrel, y le dijo con frialdad:
-Debéis comprender, caballero, que puede un hombre ser ama ble en su vida privada, honrado en sus relaciones comerciales, y ser, sin embargo, un gran culpable en política. Lo comprendéis así, ¿no es verdad?
Y recalcó el magistrado estas últimas palabras, como queriéndolas aplicar al armador, mientras con su mirada escrutadora penetraba al fondo del corazón de aquel hombre, que se atrevía a interceder por otro, necesitando él mismo de indulgencia. Morrel se sonrojó, porque en punto a cosas políticas no tenía muy limpia la conciencia, y porque no se le apartaba de la memoria lo que Edmundo le había dicho de su entrevista con el gran mariscal, y de las palabras del emperador. Sin embargo, añadió con el interés más vivo:
-Suplícoos, señor de Villefort, que justo como debéis de serlo, y bondadoso como sois, nos devolváis
pronto al pobre Dantés.
Este nos devolváis resonó revolucionariamente en los oídos del sustituto.
-¡Vaya! ¡Vaya! -murmuró para su capote-: nos devolváis... ¿Si estará afiliado este Dantés en alguna sociedad secreta? Cuando su protector usa sencillamente de la fórmula colectiva... Creo que el comisario dice que le prendió en una taberna en medio de mucha gente... Esto merece la pena de pensarlo seriamente.
Luego añadió en voz alta:
-Podéis, caballero, estar tranquilo, que no en vano apeláis a mi justicia si el preso es inocente; pero si es culpable, me veré obligado a cumplir con mi obligación, pues en las circunstancias difíciles y azarosas en que nos hallamos, sería la impunidad muy mal ejemplo.
Y habiendo llegado Villefort a la puerta de su casa, inmediata al Palacio de Justicia, entró en ella majestuosamente, después de saludar con mucha ceremonia al desdichado naviero, que se quedó como petrificado.
Estaba llena la antecámara de gendarmes y agentes de policía, y entre ellos el preso, de pie, inmóvil y tranquilo, aunque todos le miraban con expresión rencorosa.
Atravesó Villefort la antecámara mirando a Dantés de reojo, y des pués de recibir un legajo de manos de un agente, desapareció diciendo:
-Que conduzcan aquí al preso.
Por rápida que fuese, aquella mirada bastó a Villefort para formarse una idea del hombre a quien iba a interrogar.
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