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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.42

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-Pero esta carta -dijo Renata-, además de ser un anónimo, no se dirige a vos, sino al procurador del rey.
-Sí, pero con la ausencia del procurador, el secretario que abre sus cartas abrió ésta, mandóme buscar, y como no me encontrasen, dispuso inmediatamente el arresto del culpable.
-¿De modo que está preso el culpable? -preguntó la marquesa.
-Decid mejor el acusado -repuso Renata.
-Sí, señora, y conforme a lo que hace unos instantes tuve el honor de deciros, si damos con la carta consabida, el enfermo no tiene cura.
-¿Y dónde está ese desdichado? -le preguntó Renata.
-En mi casa.
-Pues corred, amigo mío -dijo el marqués-. No descuidéis por nuestra causa el servicio de S. M.
-¡Oh, Villefort! -balbució Renata juntando las manos-. ¡Indulgencia! Hoy es el día de nuestra boda.
Villefort dio una vuelta a la mesa, y apoyándose en el respaldo de la silla de la joven, le dijo:
-Por no disgustaros, haré cuanto me sea posible, querida Renata; pero si no mienten las señas, si es cierta la acusación, me veré obligado a cortar esa mala hierba bonapartista.
Estremecióse Renata al oír la palabra cortar, porque la hierba en cuestión tenía una cabeza sobre los hombros.
-¡Bah! -dijo la marquesa-, no os preocupéis por esa niña, Villefort; ya se irá acostumbrando.
Diciendo esto, presentó al sustituto una mano descarnada, que él besó, aunque con los ojos clavados en Renata, como si le dijese:
«Vuestra mano es la que beso..., o la que quisiera besar ahora».
-¡Mal agüero! -murmuró Renata.
-¿Qué bobadas son ésas? -le contestó su madre-. ¿Qué tiene que ver la salud del Estado con vuestro sentimentalismo ni con vuestras manías?
-¡Oh, madre mía! -murmuró Renata.
-Disculpad a esa mala realista, señora marquesa -dijo Ville fort-. Yo, en cambio, os prometo cumplir mis obligaciones de sustituto de procurador del rey a conciencia, es decir, con atroz severidad.
Pero al decir estas palabras, las miradas que a hurtadillas dirigía a su novia decíanle a ésta:
-«Tranquilizaos, Renata: por vuestro amor seré indulgente.»
Renata pagóle estas miradas con una tan dulce sonrisa, que Ville fort salió de la estancia lleno de alborozo.

Capítulo séptimo
El interrogatorio
Apenas hubo salido del comedor, despojóse el sustituto de su risueña máscara, tomando el aspecto grave de quien va a decidir la vida o la muerte de un hombre. Sin embargo, aunque obligado a mudar su fisonomía, cosa que alcanzó el sustituto a fuerza de trabajo y tal vez ensayándose al espejo como los cómicos, en esta ocasión le fue doblemente difícil fruncir las cejas y dar a sus facciones la gravedad oportuna.


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