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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.41

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-¿Eso dijo el rey? -exclamó Villefort lleno de gozo.
-Textualmente, y si el marqués es franco os lo confirmará. Una escena semejante le ocurrió con S. M. cuando le habló de esta boda hace seis meses.
-Es verdad -añadió el marqués.
-¡Todo en el mundo lo deberé a ese gran monarca! ¿Qué no haría yo por su servicio?
-Así me gusta -añadió la marquesa-. Vengan ahora conspiradores y ya verán...
-Yo, madre mía -dijo al punto Renata-, ruego a Dios que no os escuche, y que solamente depare al señor de Villefort rateros y asesinos. Así dormiré tranquila.
-Es como si para un médico deseara calenturas, jaquecas, sarampiones, enfermedades, en fin, de nonada -repuso Villefort sonriendo-. Si deseáis que ascienda pronto a procurador del rey, pedid por el contrario esos males agudos cuya curación honra.
En aquel momento, como si hubiese la casualidad esperado el deseo de Villefort para satisfacérselo, un criado entró a decirle algunas palabras al oído. Inmediatamente se levantó de la mesa el sustituto, excusándose, y regresó poco después lleno de alegría.
Renata le contemplaba amorosa, porque en aquel momento Ville fort, con sus ojos azules, su pálida tez y sus patillas negras, estaba, en verdad, apuesto y elegante. La joven parecía pendiente de sus labios, como en espera de que explicase aquella momentánea desaparición.
-A propósito, señorita -dijo al fin Villefort-, ¿no queríais tener por marido un médico? Pues sabed que tengo siquiera con los discípulos de Esculapio (frase a la usanza de 1815) una semejanza, y es que jamás puedo disponer de mi persona, y que hasta de vuestro lado me arrancan en el mismo banquete de bodas.
-¿Y para qué? -le preguntó la joven un tanto inquieta.
-¡Ay! Para un enfermo, que si no me engaño está in extremis. La enfermedad es tan grave que quizá termine en el cadalso.
-¡Dios mío! -exclamó Renata palideciendo.
-¿De veras? -dijeron a coro todos los presentes.
-Según parece, se acaba de descubrir un complot bonapartista.
-¿Será posible? -exclamó la marquesa.
-He aquí lo que dice la delación -y leyó Villefort en voz alta-: «Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat una carta para el usurpador, y de éste otra carta para la junta bonapartista de París.
»Fácilmente se tendrá la prueba de su delito, prendiéndole, porque la carta se hallará en su persona, o en casa de su padre, o en su camarote, a bordo de El Faraón.


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