El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.38
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Pero si cayese en vuestras manos un conspirador, cuenta con lo que hacéis, porque habéis de daros cuenta de que se os vigila muy particularmente, por pertenecer a una familia que puede estar relacionada con los conspiradores.
-¡Ay, señora! -dijo Villefort-; mi profesión, y sobre todo los tiempos en que vivimos me obligan a ser muy severo. Pues bien, lo seré. He tenido que sostener algunas acusaciones políticas, y estoy ya como quien dice probado. Por desgracia, todavía no hemos concluido.
-Pues ¿cómo? -dijo la marquesa.
-Tengo temores casi ciertos. Napoleón en la isla de Elba no está muy lejos de Francia; su presencia casi a vista de nuestras costas sostiene la esperanza de sus partidarios. Marsella está llena de oficiales sin colocación, que disputan todos los días con los realistas, de lo cual resultan duelos entre personas de clase elevada, asesinatos entre el vulgo.
-A propósito -dijo el conde de Salvieux, antiguo amigo del señor de Saint-Meran y chambelán del conde de Artois -; ¿ignoráis que la Santa Alianza desaloja a Napoleón de donde está?
-Sí, cuando salimos de París no se hablaba de o tra cosa -respondió el señor de Saint-Meran-. ¿Y adónde le envían?
-A Santa Elena.
-¿A Santa Elena? ¿Y eso qué es? -preguntó la marquesa.
-Una isla situada a dos mil leguas de aquí, más allá del Ecua dor -respondió el conde.
-Gran locura era en verdad, como dice Villefort, dejar a seme jante hombre entre Córcega, donde ha nacido, entre Nápoles, donde aún reina su cuñado, y enfrente de Italia, de la que iba a formar un reino para su hijo.
-Por desgracia -dijo Villefort-, los tratados de 1814 impiden que se toque ni aun el pelo de la ropa de Napoleón.
-Pues se faltará a esos tratados -repuso el señor de Salvieux ¿Tuvo él tantos escrúpulos en fusilar al desgraciado duque le En ghien?
-Sí -añadió la marquesa-, está convenido. La Santa Alianza libra a Europa de Napoleón, y Villefort libra a Marsella de sus partidarios. O el rey reina o no reina. Si reina, su gobierno debe ser fuerte y sus agentes inflexibles; único medio de impedir el mal.
-Desgraciadamente, señora -dijo Villefort sonriendo-, un sustituto del procurador del rey acude siempre cuando el mal está hecho.
-Entonces su deber es repararlo.
-También pudiera yo deciros, señora, que a él no le toca repararlo, aunque sí vengarlo.
-¡Oh, señor de Villefort! -dijo una hermosa joven, hija del conde de Salvieux y amiga de la señorita de Saint-Meran-; procurad que se vea alguna causa de ésas mientras residimos en Marsella. Nunca he asistido a un tribunal, y me han dicho que es cosa curiosa.
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