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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.32

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-Y del que se lo aconsejó -repuso Caderousse.
-¡Ah! Si fuese uno responsable de todo lo que inadvertidamente dice...
-Sí, cuando lo que se dice inadvertidamente trae desgracias como ésta.
Mientras tanto, los grupos comentaban de mil maneras el arresto de Dantés.
-Y vos, Danglars -dijo una voz-, ¿qué pensáis de este acontecimiento?
-Yo -respondió Danglars- creo que traería algo de contrabando en El Faraón...
-Pero si así fuera, vos lo sabríais, Danglars; ¿no sois vos el responsable?
-Sí, pero no lo soy sino de lo que viene en factura. Lo que sé es que traemos algunas piezas de algodón,

tomadas en Alejandría en casa de Pastret, y en Esmirna en casa de Pascal: no me preguntéis más. -¡Oh!, ahora recuerdo -murmuró el pobre anciano al oír esto-, ahora recuerdo... Ayer me dijo que traía una caja de café y otra de tabaco. -Ya lo veis -dijo Danglars-, eso será sin duda; durante nuestra ausencia, los aduaneros habrán registrado
El Faraón y lo habrán descubierto. . Casi insensible hasta el momento, Mercedes dio al fin rienda suelta a su dolor. -¡Vamos, vamos, no hay que perder la esperanza! -dijo el padre de Dantés, sin saber siquiera lo que
decía. -¡Esperanza! -repitió Danglars. -¡Esperanza! -murmuró Fernando; pero esta palabra le ahogaba; sus labios se agitaron sin articular
ningún sonido. -¡Señores! -gritó uno de los invitados que se había quedado en una de las ventanas -; señores, un carruaje... ¡Ah! ¡Es el señor Morrel! ¡Valor! Sin duda trae buenas noticias. Mercedes y el anciano saliéronle al encuentro, y reuniéronse con él en la puerta: el señor Morrel estaba
sumamente pálido. -¿Qué hay? -exclamaron todos a un tiempo. -¡Ay!, amigos míos -respondió Morrel moviendo la cabeza-, la cosa es más grave de lo que nosotros
suponíamos... -Señor -exclamó Mercedes-, ¡es inocente! -Lo creo -respondió Morrel-; pero le acusan...
-¿De qué? -preguntó el viejo Dantés.
-De agente bonapartista.
Aquellos de nuestros lectores que hayan vivido en la época de esta historia recordarán cuán terrible era en aquel tiempo tal acusación. Mercedes exhaló un grito, y el anciano se dejó caer en una silla.
-¡Oh! -murmuró Caderousse-, me habéis engañado, Danglars, y al fin hicisteis lo de ayer. Pero no quiero dejar morir a ese anciano y a esa joven, y voy a contárselo todo.
-¡Calla, infeliz! -exclamó Danglars agarrando la mano de Ca derousse-, ¡calla!, o no respondo de ti. ¿Quién lo dice que Dantés no es culpable? El buque tocó en la isla de Elba; él desembarcó, per­maneciendo todo el día en Porto-Ferrajo. Si le han hallado con alguna carta que le comprometa, los que le defiendan, pasarán por cómplices suyos.


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