El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.31
Indice General
|
Volver
Página 31 de 970
Toda la escena de la víspera se le representó entonces con todos sus pormenores. Aquella catástrofe acababa de arrancar el velo que la embriaguez había echado entre su entendimiento y su memoria.
-¡Oh! -dijo con voz ronca-, ¿quién sabe si esto será el resultado de la broma de que hablabais ayer,
Danglars? En ese caso, desgraciado de vos, porque es muy triste broma por cierto. -Ya viste que rompí aquel papel -balbució Danglars. -No lo rompiste; lo arrugaste y lo arrojaste a un rincón. -¡Calla! Tú estabas borracho. -¿Qué es de Fernando? -¡Qué sé yo! Habrá tenido que hacer. Pero en vez de ocuparte de él, consolemos a esos pobres afligidos. Efectivamente, durante la conversación, Dantés había dado la mano sonriendo a sus amigos, y después
de abrazar a Mercedes, se había entregado al comisario, diciendo: -Tranquilizaos, pronto se reparará el error, y probablemente no llegaré a entrar en la cárcel. -¡Oh!, seguramente -dijo Danglars, que, como ya hemos dicho, se acercaba en este momento al grupo
principal.
Dantés bajó la escalera precedido del comisario de policía y rodeado de soldados. Un coche los esperaba a la puerta, y subió a él, seguido de los soldados y del comisario. La portezuela se cerró, y el carruaje tomó el camino de Marsella.
-¡Adiós, Dantés! ¡Adiós, Edmundo! -exclamó Mercedes desde el balcón, adonde salió desesperada.
El preso escuchó este último grito, salido del corazón doliente de su novia como un sollozo, y
asomando la cabeza por la ventanilla del coche, le contestó: -¡Hasta la vista, Mercedes! Y en esto desapareció por uno de los ángulos del fuerte de San Nicolás. -Esperadme aquí -dijo el naviero-; voy a tomar el primer carruaje que encuentre: corro a Marsella, y os
traeré noticias suyas. -Sí, sí, id -exclamaron todos a un tiempo-; id, y volved pronto. A esta segunda marcha siguió un momento de terrible estupor en todos los que se quedaban. El anciano
y Mercedes permanecieron algún tiempo sumidos en el más profundo abatimiento; pero al fin se encontraron sus ojos, y reconociéndose por dos víctimas heridas del mismo golpe, se arrojaron en brazos uno de otro.
En todo este tiempo, Fernando, de vuelta a la sala, bebió un vaso de agua y fue a sentarse en una silla. La casualidad hizo que Mercedes, al desasirse del anciano, cayese sobre una silla próxima a aquélla donde él se hallaba, por lo que Fernando, por un movimiento instin tivo, retiró hacia atrás la suya.
-Ha sido él -dijo Caderousse a Danglars, que no perdía de vista al catalán.
-Creo que no -respondió Danglars-; es demasiado tonto. En todo caso, suya es la responsabilidad.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-700
701-750
751-800
801-850
851-900
901-950
951-970
|