El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.30
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-Sí, sí -contestó Dantés levantándose inmediatamente.
-Vamos -repitieron a coro todos los convidados.
Fernando estaba sentado en el antepecho de la ventana, y Danglars, que no le perdía de vista un momento, le vio observar a Dantés con inquieta mirada, levantarse como por un movimiento convulsivo, y volver a desplomarse en el sitio donde se hallaba antes.
Oyóse en aquel momento un ruido sordo, como de pasos recios, voces confusas y armas, ahogando las exclamaciones de los convidados a imponiendo a toda la asamblea el silencio del estupor. El ruido se oyó más cerca: en la puerta resonaron tres golpes...; cada cual mira ba a su alrededor con asombro.
-¡En nombre de la ley! -gritó una voz sonora.
La puerta se abrió al punto, dando paso a un comisario con su faja y a cuatro soldados y un cabo. Con esto, a la inquietud sucedió el terror.
-¿Qué se ofrece? -preguntó Morrel avanzando hacia el comisario, a quien conocía-;sin duda venís equivocado.
-Si ha sido así, señor Morrel -respondió el comisario-, creed que pronto se deshará la equivocación. Entretanto, y por muy sensible que me sea, debo cumplir con la orden que tengo. ¿Quién de vosotros, señores, se llama Edmundo Dantés?
Las miradas de todos se volvieron hacia el joven, que muy conmo vido, aunque conservando toda su dignidad, dio un paso hacia delante y respondió:
-Yo soy, caballero, ¿qué me queréis?
-Edmundo Dantés -repuso el comisario-, en nombre de la ley, daos preso.
-¡Preso yo! -dijo Edmundo, cuyo rostro se cubrió de una leve palidez-. ¡Preso yo!, pero ¿por qué?
-Lo ignoro, caballero. Ya lo sabréis en el primer interrogatorio a que seréis sometido.
El señor Morrel comprendió que nada podía intentarse: un comisario con su faja no es ya un hombre, es la estatua de la ley, fría, sorda, muda. El viejo, por el contrario, se precip itó hacia el comisario: hay ciertas cosas que nunca podrá comprender el corazón de un padre o de una madre. Rogó, suplicó; pero ruegos y lágrimas fueron inútiles. Sin embargo, su desesperación era tan grande, que el comisario al fin se conmovió.
-Tranquilizaos, caballero -le dijo-, quizá se habrá olvidado vuestro hijo de algunos de los requisitos que exigen la aduana o la sanidad. Yo así lo creo. Cuando se hayan tomado los informes que se desean, le pondrán en libertad.
-¿Qué significa esto? -preguntó Caderousse frunciendo el entrecejo y mirando a Danglars, que aparentaba sorpresa.
-¿Qué sé yo? -respondió Danglars-; como tú, veo y estoy perplejo, sin comprender nada de todo ello.
Caderousse buscó con los ojos a Fernando, pero éste había desaparecido.
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