El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.27
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Dantés vestía con elegante sencillez, como perteneciente a la marina mercante; su traje participaba del uniforme militar y del traje civil; y con él y con la alegría y gentileza de la novia, parecía más ale gre y más bonita.
Mercedes estaba tan hermosa como una griega de Chipre o de Ceos, de ojos de ébano y labios de coral. Su andar gracioso y desenvuelto parecía de andaluza o de arlesiana. Una joven cortesana quizás hubiera procurado disimular su alegría; pero Mercedes miraba a todos sonriéndose, como si con aquella sonrisa y aquellas miradas les dijese: «Puesto que sois mis amigos, alegraos como yo, porque soy muy dichosa. »
Tan pronto como fueron divisados los novios desde La Reserva, salió el señor Morrel a su encuentro, seguido de los marineros y de los soldados, a los cuales renovó la promesa de que Dantés sucedería al capitán Leclerc. Al verle Edmundo dejó el brazo de su novia, y tomó el del naviero que con la joven dieron la señal subiendo los primeros la escalera de madera que conducía a la sala del banquete.
-Padre mío --dijo Mercedes deteniéndose junto a la mesa-, vos a mi derecha, os lo ruego. A mi izquierda pondré al que me ha servido de hermano -añadió con una dulzura que penetró como la punta de un puñal hasta lo más profundo del corazón de Fernando. Sus labios palidecieron, y bajo el matiz de su rostro fue fácil distinguir cómo se retiraba poco a poco la sangre para agolparse al corazón.
Dantés había hecho entretanto lo mismo con Morrel, colocándole a su derecha, y con Danglars, que colocó a su izquierda, haciendo en seguida señas con la mano a todos para que se colocaran a su gusto. Ya corrían de mano en mano por toda la mesa los salchichones de Arlés, las brillantes langostas, las sabrosas ostras del Norte, los exquisitos mariscos envueltos en su áspera concha, como la castaña en su erizo, y las almejas que las gentes meridionales prefieren a las anchoas; en fin, toda esa multitud de entremeses delicados que arrojan las olas a la arenosa playa, y los pescadores designan con el nombre genérico de frutos de mar.
-¡Qué silencio! -dijo el anciano saboreando un vaso de vino amarillo como el topacio, que el tío Pánfilo acababa de traer a Mercedes-. ¿Quién diría que hay aquí treinta personas que sólo desean hablar?
-¡Bah!, un marido no siempre está alegre -dijo Caderousse.
-El caso es -dijo Dantés-, que soy en este momento demasiado feliz para estar alegre.
-Tenéis razón, vecino; la alegría causa a veces una sensación extra ña, que oprime el corazón casi tanto como el dolor.
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