El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.24
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-¡Oh! Sólo deseo una cosa -dijo Fernando-, y es que me venga a buscar.
-Sí, pero Mercedes os aborrecerá si tocáis el pelo de la ropa a su adorado Edmundo.
-Es verdad -repuso Fernando.
-Nada, si nos decidimos, lo mejor es coger esta pluma simple mente, y escribir una denuncia con la mano izquierda para que no sea conocida la letra -contestó Danglars; y esto diciendo, escribió con la mano izquierda y con una letra que en nada se parecía a la suya acostumbrada, los siguientes renglones, que Fernando leyó a media voz:
Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat una misiva para el usurpador, y de éste otra carta para la junta bonapartista de París.
Fácilmente se tendrá la prueba de su crimen, prendiéndole, porque la carta se hallará sobre su persona, o en casa de su padre, o en su camarote, a bordo de El Faraón.
-Está bien -añadió Danglars-. De este modo vuestra venganza tendría sentido común, y de lo contrario podría recaer sobre vos mis mo, ¿entendéis? Ya no queda sino cerrar la carta, escribir el sobre -y Danglars hizo como decía-: Al señor procurador del rey, y asunto concluido.
-Sí, asunto concluido -exclamó Caderousse, quien con los últimos resplandores de su inteligencia había escuchado la lectura, y comprendiendo por instinto todas las desgracias que podría causar tal denuncia; sí, negocio concluido; pero sería una infamia.
Y alargó el brazo para coger la carta.
-Por supuesto -dijo Danglars, apartándole la mano-, lo que digo no es más que una broma; y soy el primero que sentiría mucho que le sucediese algo a Dantés, a ese bueno de Dantés. Vamos, ¡no faltaba más...! -y cogiendo la carta, la estrujó entre los dedos, y la tiró a un rincón.
-¡Muy bien! -exclamó Caderousse-. Dantés es mi amigo, y no quiero que le hagan ningún daño.
-¿Quién diablos piensa en hacerle daño? A lo menos no seremos ni Fernando ni yo -dijo Danglars levantándose y mirando al joven, cuyos ojos estaban clavados en el papel delator tirado en el suelo.
-En tal caso -replicó Caderousse-, que nos den más vino, quiero beber a la salud de Edmundo y de la bella Mercedes.
-Bastante has bebido, ¡borracho! -dijo Danglars-; y como sigas bebiendo lo verás obligado a dormir aquí, porque seguramente no podrás tenerte en pie.
-¡Yo! -balbuceó Caderousse levantándose con la arrogancia del borracho-; ¡yo no poder tenerme! ¿Apuestas algo a que me atrevo a subir al campanario de las Accoules derechito, sin dar traspiés?
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