El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.23
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Decidme un medio y lo ejecuto al instante..., como no sea matarle, porque Mercedes ha dicho que se daría muerte si matasen a Dantés.
Caderousse levantó la cabeza que había dejado caer sobre la mesa, y mirando a Fernando y a Danglars estúpidamente:
-¡Matar a Dantés...! -dijo- ¿Quién habla de matar a Dantés?
¡No quiero que le maten... !, es mi amigo... esta mañana me ofreció su dinero..., del mismo modo que yo partí en otro tiempo el mío con él... ¡No quiero que maten a Dantés... ! , no... , no...
-Y ¿quién habla de matarle, imbécil? -replicó Danglars-. Sólo se trata de una simple broma. Bebe a su salud -añadió llenándole un vaso-, y déjanos en paz.
-Sí, sí, a la salud de Dantés -dijo Caderousse apurando el contenido de su vaso-; a su salud... a su salud... a su...
-Pero ¿el medio...?, ¿el medio? -murmuró Fernando.
-¿No lo habéis hallado aún?
-No, vos os encargasteis de eso.
-Es cierto -repuso Danglars-, los franceses tienen sobre los españoles la ventaja de que los españoles piensan y los franceses impro visan.
-Improvisad, pues -dijo Fernando con impaciencia.
-Muchacho -dijo Danglars-, trae recado de escribir.
-¡Recado de escribir! -murmuró Fernando.
-Puesto que soy editor responsable, ¿de qué instrumentos me he de servir sino de pluma, tinta y papel?
-¿Traes eso? -exclamó Fernando a su vez.
-En esa mesa hay recado de escribir -respondió el mozo señalando una inmediata.
-Tráelo.
El mozo lo cogió y lo colocó encima de la mesa de los bebedores.
-¡Cuando pienso -observó Caderousse, dejando caer su mano sobre el papel- que con esos medios se puede matar a un hombre con mayor seguridad que en un camino a puñaladas! Siempre tuve más miedo a una pluma y a un tintero, que a una espada o a una pistola.
-Ese tunante no está tan borracho como parece -dijo Danglars-. Echadle más vino, Fernando.
Fernando llenó el vaso de Caderousse, observándole atentamente, hasta que le vio, casi vencido por ese nuevo exceso, colocar, o más bien, soltar su vaso sobre la mesa.
-Conque... -murmuró el catalán, conociendo que ya no podía estorbarle Caderousse, pues la poca razón que conservaba iba a desaparecer con aquel último vaso de vino.
-Pues, señor, decía -prosiguió Danglars-, que si después de un viaje como el que acaba de hacer Dantés tocando a Nápoles y en la isla de Elba, le denunciase alguien al procurador del rey como agente bonapartista...
-Yo le denunciaré -dijo vivamente el joven.
-Sí, pero os harán firmar vuestra declaración, os carearán con el reo, y aunque yo os dé pruebas para sostener la acusación, eso es poco; Dantés no puede permanecer preso eternamente; un día a otro tendrá que salir, y en el día en que salga, ¡desdichado de vos!
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