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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.21

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-¡Ay, señor mío -dijo Danglars a Fernando-, creo que esa boda no le sienta bien a todo el mundo!
-A mí me tiene desesperado -respondió Fernando.
-¿Amáis, pues, a Mercedes?
-La adoro.
-¿Hace mucho tiempo?
-Desde que nos conocimos.
-¿Y estáis ahí arrancándoos los cabellos en lugar de buscar reme dio a vuestros pesares? ¡Qué diablo!,

no creí que obrase de esa manera la gente de vuestro país. -¿Y qué queréis que haga? -preguntó Fernando. -¿Qué sé yo? ¿Acaso tengo yo algo que ver con...? Paréceme que no soy yo, sino vos, el que está
enamorado de Mercedes. «Buscad -dice el Evangelio-, y encontraréis.» -Yo había encontrado ya. -¿Cómo? -Quería asesinar al hombre, pero la mujer me ha dicho que si lle gara a suceder tal cosa a su futuro, ella
se mataría después. -¡Bah!, ¡bah!, esas cosas se dicen, pero no se hacen. -Vos no conocéis a Mercedes, amigo mío, es mujer que dice y hace. « ¡Imbécil! -murmuró para sí Danglars-. ¿Qué me importa que ella muera o no, con tal que Dantés no
sea capitán? » -Y antes que muera Mercedes moriría yo -replicó Fernando con un acento que expresaba resolución irrevocable. -¡Eso sí que es amor! -gritó Caderousse con una voz dominada cada vez más por la embriaguez-. Eso sí que es amor, o yo no lo entiendo. -Veamos -dijo Danglars-; me parecéis un buen muchacho, y llé veme el diablo si no me dan ganas de
sacaros de penas; pero... -Sí, sí -dijo Caderousse-, veamos. -Mira -replicó Danglars-, ya lo falta poco para emborracharte, de modo que acábate de beber la botella
y lo estarás completamente. Bebe, y no lo metas en lo que nosotros hacemos. Porque para tomar parte en esta conversación es indispensable estar en su sano juicio.
-¡Yo borracho -exclamó Caderousse-, yo! Si todavía me atre vería a beber cuatro de tus botellas, que por cierto son como frascos de agua de colonia... -Y añadiendo el dicho al hecho, gritó:-¡Tío Pánfilo, más vino! -Caderousse empezó a golpear fuertemente la mesa con su vaso.
-¿Decíais?... -replicó Fernando, esperando anheloso la continuación de la frase interrumpida.
-¿Qué decía? Ya no me acuerdo. Ese borracho me ha hecho perder el hilo de mis ideas.
-¡Borracho!, eso me gusta; ¡ay de los que no gustan del vino!, tienen algún mal pensamiento, y temen

que el vino se lo haga re velar. Y Caderousse se puso a cantar los últimos versos de una canción muy en boga por aquel entonces.
Los que beben agua sola
son hombres de mala ley,
y prueba es de ello... el diluvio de Noé.

-Conque decíais -replicó Fernando-, que quisierais sacarme de penas; pero añadíais.


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