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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.19

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Página 19 de 970


.. ¡Dios me perdone! ¡No presumen que les estamos viendo, y mira cómo se abrazan!
Danglars no dejaba de observar a Fernando, cuyo rostro se contraía horriblemente.
-¡Calle! ¿Los conocéis, señor Fernando? -dijo.
-Sí -respondió éste con voz sorda-. ¡Son Edmundo y Mercedes!
-¡Digo! -exclamó Caderousse-. ¡Y yo no los conocía! ¡Dantés! ¡Muchacha! Venid aquí, y decidnos cuándo es la boda, porque el testarudo de Fernando no nos lo quiere decir.
-¿Quieres callarte? --dijo Danglars, fingiendo detener a Caderousse, que tenaz como todos los que han bebido mucho se disponía a interrumpirles-. Haz por tenerte en pie, y deja tranquilos a los enamorados. Mira, mira a Fernando, y toma ejemplo de él.
Acaso éste, incitado por Danglars, como el toro por los toreros, iba al fin a arrojarse sobre su rival, pues ya de pie tomaba una actitud siniestra, cuando Mercedes, risueña y gozosa, levantó su linda cabeza y clavó en Fernando su brillante mirada. Entonces el catalán se acordó de que le había prometido morir si Edmundo moría, y volvió a caer desesperado sobre su asiento.
Danglars miró sucesivamente a los dos hombres, el uno emb rutecido por la embriaguez y el otro dominado por los celos.
-¡Oh! Ningún partido sacaré de estos dos hombres -murmuró-, y casi tengo miedo de estar en su compañía. Este bellaco se embriaga de vino, cuando sólo debía embriagarse de odio; el otro es un imbécil que le acaban de quitar la novia en sus mismas narices, y se contenta solamente con llorar y quejarse como un chiquillo. Sin embargo, tiene la mirada torva como los españoles, los sicilianos y los calabreses que saben vengarse muy bien; tiene unos puños capaces de estrujar la cabeza de un buey tan pronto como la cuchilla del carnicero... Decididamente el destino le favorece; se casará con Mercedes, será capitán y se burlará de nosotros como no... (una sonrisa siniestra apareció en los labios de Danglars), como no tercie yo en el asunto.
-¡Hola! -seguía llamando Caderousse a medio levantar de su asiento-. ¡Hola!, Edmundo, ¿no ves a los amigos, o lo has vuelto ya tan orgulloso que no quieres siquiera dirigirles la palabra?
-No, mi querido Caderousse -respondió Dantés-; no soy orgulloso, sino feliz, y la felicidad ciega algunas veces más que el orgullo.
-Enhorabuena, ya eso es decir algo -replicó Caderousse-. ¡Buenos días, señora Dantés!
Mercedes saludó gravemente.
-Todavía no es ése mi apellido -dijo-, y en mi país es de mal agüero algunas veces el llamar a las muchachas con el nombre de su prometido antes que se casen. Llamadme Mercedes.
-Es menester perdonar a este buen vecino -añadió Dantés-.


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