El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.12
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dinero como si fuese un capitalista. -Por supuesto que habrás rehusado, ¿no? -Sí, aunque bastantes motivos tenía para aceptar, puesto que yo fui el que le prestó el primer dinero que
tuvo en su vida; pero ahora el señor Dantés no necesitará de nadie, pues va a ser capitán. -Pero aún no lo es -observó Danglars. -Mejor que no lo fuese -dijo Caderousse-, porque entonces, ¿quién lo toleraba? -De nosotros depende -dijo Danglars- que no llegue a serlo, y hasta que sea menos de lo que es. -¿Qué dices? -Yo me entiendo. ¿Y sigue amándole la catalana? -Con frenesí; ahora estará en su casa. Pero, o mucho me engaño, o algún disgusto le va a dar ella. -Explícate. -¿Para qué? -Es mucho más importante de lo que tú lo imaginas. -Tú no le quieres bien, ¿es verdad? -No me gustan los orgullosos. -Entonces dime todo lo que sepas de la catalana. -Nada sé de positivo; pero he visto cosas que me hacen creer, como lo dije, que esperaba al futuro
capitán algún disgusto por los alrededores de las Vieilles-Infirmeries. -¿Qué has visto? Vamos, di. -Observé que siempre que Mercedes viene por la ciudad, la acompaña un joven catalán, de ojos negros,
de piel tostada, moreno, muy ardiente, y a quien llama primo. -¡Ah! ¿De veras? Y ¿te parece que ese primo le haga la corte? -A lo menos lo supongo. ¿Qué otra cosa puede haber entre un muchacho de veintiún años y una joven
de diecisiete? -¿Y Dantés ha ido a los Catalanes? -Ha salido de su casa antes que yo. -Si fuésemos por el mismo lado, nos detendríamos en la Reserva, en casa del compadre Pánfilo, y
bebiendo un vaso de vino, sabríamos algunas noticias... -¿Y quién nos las dará? -Estaremos al acecho, y cuando pase Dantés adivinaremos en la expresión de su rostro lo que haya
pasado. -Vamos allá -dijo Caderousse-, pero ¿pagas tú? -Pues claro -respondió Danglars. Los dos se encaminaron apresuradamente hacia el lugar indicado, donde pidieron una botella y dos
vasos. El compadre Pánfilo acababa, según dijo, de ver pasar a Dantés diez minutos antes. Seguros de que se hallaba en los Catalanes, se sentaron bajo el follaje naciente de los plátanos y sicómoros, en cuyas ramas una alegre bandada de pajarillos saludaba con sus gorjeos los primeros días de la primavera.
Capítulo tercero
Los catalanes
A cien pasos del lugar en que los dos amigos, con los ojos fijos en el horizonte y el oído atento, paladeaban el vino de Lamalgue, detrás de un promontorio desnudo y agostado por el sol y por el viento nordeste, se encontraba el modesto barrio de los Catalanes.
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