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El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) - pág.144

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Entretanto, Dixmer había empujado a Gilbert al calabozo, donde trataba de entrar él también. Sin embargo, sólo consiguió introducir el brazo. Los dos guardias empujaban con todas sus fuerzas y pedían ayuda; Dixmer notaba que estaban a punto de romperle el brazo; apoyó el hombro en la puerta, dio una violenta sacudida y consiguió sacarlo.
La puerta se cerró de golpe. Los guardias corrieron los cerrojos y echaron la llave mientras unos pasos se alejaban por el corredor; luego, oyeron el ruido que hacia el falso carcelero tratando de limar el barrote. Gilbert se precipitó a la prisión de la reina y Duchesne acudió a la ventana con la carabina en la mano; entonces, vio a un hombre enganchado a los barrotes y sacudiéndolos con rabia: le apuntó. El joven vio el cañón de la carabina bajar hacia él y le ofreció su pecho desafiante al tiempo que pedía la muerte.
-¡Caballero -gritó la reina-, viva, se lo suplico!
A la voz de María Antonieta, Maison-Rouge cayó de rodillas y la bala pasó por encima de su cabeza.
Geneviève creyó muerto a su amigo y cayó sin conocimiento.
Cuando se disipó el humo no había nadie en el patio. Treinta soldados registraron toda la prisión, pero no se encontró a nadie.
El escribano había pasado tranquilo y sonriente ante el sillón del tío Richard. En cuanto al carcelero, había salido gritando:
-¡Alarma!, ¡alarma!
El centinela había pretendido atacarle con la bayoneta, pero sus perros le habían saltado al cuello.
Sólo se encontró a Geneviève, que fue detenida, interrogada y encarcelada.

XVII
LAS PESQUISA

Maurice había ido a buscar un cabriolé a casa de Lorin; cuando volvió con él, dejó las bridas en manos de un limpiabotas y subió los escalones de su casa con el corazón rebosante de alegría.
Se detuvo en el descansillo; la puerta estaba entreabierta; la costumbre era que estuviese siempre cerrada, y esta circunstancia asombró al joven. Entró en la casa, cruzó la antesala, el comedor, el salón, el dormitorio. No vio a nadie. Llamó y nadie le respondió.
Pensó que quizá Geneviève habría salido para comprar algo que necesitara. Le pareció una gran imprudencia. Pero, aunque comenzaba a dominarle la inquietud, todavía no sospechó nada.
Esperó paseándose; de vez en cuando se asomaba a la ventana. Enseguida creyó oír unos pasos en la escalera; escuchó: no eran los de Geneviève; se acercó al descansillo, asomándose a la barandilla y reconoció a su criado.


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