El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) - pág.138
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Señora, estad preparada mañana a la hora de recibir esta nota, porque mañana a esta hora entrará una mujer en el calabozo de Vuestra Majestad. Esta mujer tomará vuestras ropas y os dará las suyas; después, saldréis de la Conserjería del brazo de uno de vuestros más fieles servidores.
No os inquietéis por el ruido que oigáis en la habitación de al lado; no os detengáis al oír gritos o gemidos; ocuparos tan sólo de poneros rápidamente la ropa y el mantón de la mujer que debe ocupar el puesto de Vuestra Majestad.
La reina releyó la nota.
«No os detengáis al oír gritos o gemidos - murmuró-Esto quiere decir que herirán a mis guardianes; ¡pobre gente!, con la compasión que me han demostrado; ¡nunca! ¡nunca! ».
Desplegó la segunda mitad de la nota, que estaba en blanco, y como no tenía lápiz ni pluma, tomó el alfiler de su pañoleta y pinchó en el papel, componiendo las siguientes palabras:
No puedo ni debo aceptar el sacrificio de la vida de nadie a cambio de la mía.
M. A.
Luego, volvió a colocar el papel en el estuche y colocó éste en el pan.
Apenas acabada esta operación sonaron las diez y la reina, con el trozo de pan en la mano, contó tristemente las horas. De pronto, escuchó en una de las ventanas un ruido estridente, parecido al que produciría un diamante rayando sobre el vidrio. Este ruido fue seguido por un golpe en el cristal, golpe repetido varias veces y que trataba de encubrir una intencionada tos masculina. Luego, apareció por la esquina del vidrio un rollito de papel que se deslizó lentamente y cayó junto a la pared. Después, se escuchó el ruido de un manojo de llaves que golpeaban unas con otras, y unos pasos que se alejaban.
La reina cogió el papel y un objeto duro y delgado se deslizó de él como de una funda, cayendo sobre el ladrillo, donde resonó rnetálicamente: era una lima finísima.
Señora -decía la nota-, mañana a las nueve y media un hombre vendrá a charlar con los guardianes que os vigilan. Mientras tanto, Vuestra Majestad serrará el tercer barrote de su ventana, contando de izquierda a derecha... Cortad de través; un cuarto de hora debe bastar a Vuestra Majestad; luego, preparaos a pasar por la ventana... Quien os anuncia esto es uno de vuestros más devotos y fieles súbditos, que ha consagrado su vida al servicio de Vuestra Majestad, y será feliz de sacrificarla por ella.
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