El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) - pág.125
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-¿Expulsar? ¿Y mi plaza? -¿Es que piensas seguir de carcelero, teniendo
cincuenta mil francos?
-No; pero siendo carcelero y pobre, estoy seguro de no ser guillotinado; mientras que siendo libre y rico...
-Ocultarás tu dinero y harás la corte a una calcetera, en vez de hacérsela a la dueña del Puits-de-Noé.
-Bien; está dicho
-Mañana en la taberna. A las seis de la tarde
-Eche a volar rápido, que ya están ahí... Digo volar porque supongo que ha descendido a través de las bóvedas.
-Hasta mañana -repitió Théodore huyendo.
El ruido de pasos y voces se acercaba, y en el subterráneo oscuro se veía acercarse la claridad de las luces. Théodore corrió hasta la puerta que le había mostrado el escribano, hizo saltar la cerradura con su palanca, abrió la ventana y se dejó caer a la calle.
Pero antes de abandonar la sala pudo oír al ciudadano Gracchus preguntar a Richard, y responderle éste:
-El ciudadano arquitecto tenía razón: el subterráneo pasa bajo la habitación de la viuda Capeto; era peligroso.
-Ya lo creo -dijo Gracchus, que tenía conciencia de decir una gran verdad.
Santerre reapareció en el agujero.
-¿Y sus obreros, ciudadano? -preguntó a Giraud.
-Antes de que amanezca estarán aquí, y durante la sesión se pondría la reja -respondió una voz que parecía salir de las profundidades de la tierra.
-Y tú habrás salvado a la patria -dijo Santerre, medio guasón, medio serio.
-No sabes lo acertado que estás, ciudadano general -murmuró Gracchus.
XI
EL NIÑO REA
Había comenzado a instruirse el proceso de la reina. No faltaban medios para hacer caer esta cabeza; no obstante, Fouquier-Tinville había decidido aprovechar los nueve medios de acusación que Simon había prometido poner a su disposición.
Al día siguiente del encuentro de Simon y Fouquier en la antesala del tribunal, el general Hanriot, seguido de varios guardias nacionales, entraba al torreón del Temple donde languidecía el niño real. Al lado del general iba un escribano cargado con sus útiles de trabajo, y detrás de ellos el acusador público. Simon, sonriendo con aire falso, subió delante para indicar el camino a la comisión.
Llegaron a una habitación espaciosa y desnuda, al fondo de la cual, sentado en su lecho y perfectamente inmóvil, estaba el joven Luis.
El niño no levantó la cabeza cuando los comisionados se acercaron y se instalaron a su alrededor.
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