El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) - pág.115
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-¿Con cuál de estos nombres debo inscribirla? -preguntó el portero.
-Con el que quieras, con tal de que lo hagas rápido -dijo el jefe de la escolta.
El portero volvió a sentarse en el sillón y escribió en su registro los nombres, apellidos, y títulos que se había dado la prisionera. La señora Richard continuaba detrás del sillón de su marido; pero un sentimiento de religiosa conmiseración le había hecho juntar las manos.
-¿Edad? -continuó el portero.
-Treinta y siete años y nueve meses - respondió la reina.
Richard se puso a escribir, anotó las señas personales y concluyó con las notas y fórmulas particulares.
-Ya está -dijo.
-¿Adónde se lleva a la prisionera? -preguntó el jefe de la escolta.
Richard miró a su mujer y dijo que no estaban prevenidos, y por lo tanto no lo sabían.
-Hay la habitación del consejo -dijo la señora Richard.
-¡Hum! Es muy grande -murmuró el portero.
-¡Tanto mejor! Si es grande, se podrán colocar en ella los vigilantes más fácilmente.
-Entonces, la habitación del consejo -dijo Richard-; pero, de momento, está inhabitable, porque no tiene cama.
-Es cierto -dijo la mujer-; no había pensado en ello.
-¡Bah! -dijo uno de los guardias-. Se le puede poner una cama mañana.
-Además, la ciudadana puede pasar esta noche en nuestra habitación -dijo la señora Richard-¿no es verdad, marido?
-¿Y nosotros? -preguntó el portero.
-No nos acostaremos; una noche se pasa de cualquier forma.
-Bien -dijo Richard-. Llevad a la ciudadana a mi habitación.
El jefe de la escolta dijo que, mientras se instalaba a la prisionera le preparase el recibo. La señora Richard cogió una vela y se puso en marcha, seguida por la silenciosa María Antonieta y dos carceleros a los que había hecho una seña la mujer. Le mostraron a la reina un lecho en el que la señora Richard se apresuró a poner sábanas limpias. Después, los carceleros cerraron la puerta con llave, y María Antonieta quedó sola.
Al día siguiente la reina fue conducida a la habitación del consejo, cuyos únicos muebles eran una cama y una silla, y pidió que le llevaran sus libros y su costura. Los guardias, Duchesne y Gilbert, se instalaron en la celda vecina; habían sido designados por su probado patriotismo y no se les relevaría de su puesto hasta el juicio de la reina.
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