El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) - pág.108
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Su mirada encontró la frente sombría y los ojos vacilantes de Maurice.
-¡Oh! -murmuró-. ¿Qué quiere decir eso?
-Ese hombre no puede estar muy lejos -dijo Santerre-. Registremos los alrededores; quizás haya caído en manos de una patrulla más hábil que
nosotros y que no se haya dejado sorprender.
-Sí, sí, busquemos -dijo Lorin.
Y tomando a Maurice por un brazo le sacó del jardín con el pretexto de registrar.
-Sí, registremos -dijeron los soldados-, pero antes de registrar...
Y uno de ellos arrojó su antorcha en un cobertizo repleto de gavillas y de plantas secas.
Maurice no opuso ninguna resistencia y siguió a su amigo como un niño; los dos fueron hasta el puente sin hablar; allí se detuvieron. Maurice se volvió: el cielo del barrio estaba rojo y numerosas chispas pasaban por encima de las casas. Maurice se estremeció y señaló hacia la calle Saint-Jacques.
-¡Fuego! -dijo-. ¡Fuego!
Maurice temía que Geneviève hubiera vuelto y confirmó a su amigo que la joven y la señora Dixmer eran la misma persona.
-Lorin -dijo-, es necesario que la encuentre, tengo que vengarme.
-¡Oh! ¡Oh! -dijo Lorin.
Amor, tirano de dioses y mortales No es sólo incienso lo que necesitan tus altares.
-Me ayudarás a encontrarla, ¿verdad, Lorin?
-¡Pardiez! Eso no será difícil. Tú debes saber cuáles son sus amigos más íntimos; ella no habrá abandonado París todos ellos tienen el prurito de quedarse aquí; se habrá refugiado en casa de algún amigo, y mañana recibirás una nota concebida en estos términos:
Si Marte quiere volver a ver a Citérea, Que se ponga a la noche su fajín azulado.
»Y que pregunte al portero del número tal, de tal calle, por la señora Tres-Estrellas.»
Maurice levantó los hombros; él sabía que Geneviève no tenía en donde refugiarse.
-No la encontraremos -murmuró.
-Permíteme decirte una cosa, Maurice -dijo Lorin-; y es que quizá no sería una gran desgracia que no la encontráramos.
-Si no la encontramos, me moriré.
Lorin invitó a su amigo a sentarse en un banco y hablar un momento.
-Escucha -le dijo-; voy a decirte una cosa: ya sabes que hay un decreto del comité de salud pública declarando traidor a todo aquel que tenga relaciones con los enemigos de la patria. Pues bien, me parece que tú eres un mal traidor; a menos que veas como idolatrando a la patria a quienes dan alojamiento, comida y lecho al señor caballero de Maison-Rouge, el cual no es un exaltado republicano ni está acusado de haber participado en las jornadas de septiembre.
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