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El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) - pág.28

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Página 28 de 176



-Sólo sé que estoy locamente enamorado - dijo-, que es baja...
Geneviève era alta.
-Que es rubia y con aire desenvuelto...
Geneviève era morena y con grandes ojos soñadores.
-En fin, una obrera...; y para agradarle me he puesto esta ropa popular.
Dixmer dijo que todo estaba claro y Geneviève se sintió enrojecer y dio media vuelta.
-Pobre ciudadano Lindey -dijo Dixmer, riendo-; qué mal rato le hemos hecho pasar, y usted es el último a quien hubiera querido hacer daño; ¡un patriota tan excelente, un hermano!... pero, la verdad: creía que algún malintencionado usurpaba su nombre.
-No hablemos de eso -dijo Maurice-, indíqueme el camino para salir de aquí y olvidemos...
Pero Dixmer se opuso a sus intenciones: esa noche daban una cena, él y su socio, a los valientes que habían querido asesinar a Maurice y deseaba que él mismo comprobara que no eran tan canallas como parecían. Maurice no se decidía a aceptar la
proposición.
Geneviève le miró tímidamente y dijo:
-Se lo ofrecemos de todo corazón.
-Acepto, ciudadana -respondió Maurice, inclinándose.
Dixmer dijo que iba a comunicárselo a sus compañeros y salió, dejando solos a Maurice y Geneviève.
-¡Ah, señor! -dijo la joven, con un acento al que inútilmente trataba de dar un tono de reproche- ; usted ha faltado a su palabra, ha sido indiscreto.
-¡Cómo, señora! -exclamó Maurice-. ¿La he comprometido? En ese caso, perdóneme, me marcho, y jamás...
-¡Dios! -exclamó ella, levantándose-. ¡Está herido en el pecho! ¡Su camisa está llena de sangre!
-¡Oh!, no se inquiete, señora; uno de los contrabandistas me ha pinchado con su puñal.
Geneviève palideció, y tomándole la mano:
-Perdóneme -murmuró- el mal que se le ha hecho; usted me ha salvado la vida y yo he podido ser la causa de su muerte.
-¿No es bastante recompensa haberla vuelto a encontrar? Porque, ¿no habrá creído que buscara a otra que no fuera usted?
-Venga conmigo -le interrumpió Geneviève-, le daré ropa limpia... Es preciso que nuestros invitados no le vean en ese estado: sería hacerles un reproche terrible.
Maurice protestó por las molestias que le causaba, pero ella aseguró que era una obligación que cumplía con gran placer. Condujo a Maurice a un gabinete de una elegancia y distinción que él no esperaba encontrar en casa de un maestro curtidor, aunque éste pareciera millonario.


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