Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.238
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Estoy a punto de sufrir un cambio, Elena, y la sombra de esa transformación me envuelve ya. La vida corriente no me atrae, y casi no me ocupo de comer ni beber. Esos muchachos son las únicas cosas que presentan una apariencia material ante mis ojos, y una apariencia que me causa un dolor de agonía. En ella no quisiera ni pensar: sólo el verla me vuelve loco. Él me produce otra sensacion, y, no obstante, no quisiera volverle a ver. Si pretendo explicarte los recuerdos que él me produce, puede que me creyeras demente. Pero mi pensamiento está siempre tan oculto dentro de mi mismo, que siento la tentación de transmitirlo a alguien. No cuentes a nadie nada de lo que te estoy hablando. Hace cinco minutos, Hareton me parecía, más que un ser humano, el símbolo de mi juventud. Si llego a hablarle, hubiera parecido que mis palabras eran insensatas. Su parecido con Catalina me la recordaba de un modo terrible. Ahora que no es eso lo que mas me impresiona en él, porque todo me recuerda a Catalina sin necesidad de Hareton. Si miro al suelo, creo ver las facciones de ella grabadas en las baldosas. En los árboles y en las nubes, en todas las cosas durante el día y llenando el aire durante la noche, veo su imagen. ¡Creo verla en las más vulgares facciones de cada hombre y cada mujer, y hasta en mi propio rostro! El mundo es para mi una horrenda colección de recuerdos diciéndome que ella vivió y que la he perdido. Y es más: Hareton me parecía el fantasma de mi amor, la encarnación de mis salvajes esfuerzos para conservar mi derecho a él. ¡Y mi degradación, y mi orgullo, y mi felicidad, y mis sufrimientos! En fin, es una locura hablarte de estas cosas. Pero así comprenderás por qué no quiero estar con ellos. A pesar de mi repugnancia hacia la soledad, su compañía no me conviene. Al revés, contribuye a agravar las torturas constantes que me persiguen. Por otra parte, todo se combina para que vea con indiferencia la intimidad de
los dos. Ya no puedo ocuparme de ellos.
-¿A qué cambio se refería usted, señor Heathcliff? -le dije, alarmada.
Pero no me parecía que corriese riesgo alguno. Rebosaba salud y vigor, y su razón no me preocupaba, ya que desde muy niño había sido aficionado a lo misterioso y se complacía en hablar de cosas fantásticas.
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