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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.234

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Ella miró al amo, que al parecer estaba absorto en sus propios pensamientos, como de costumbre. Se puso seria, pero al cabo de un momento empezó otra vez a hacer niñerías y esta vez Hareton no pudo contener una ahogada carcaja da. El señor Heathcliff dio un respingo y nos miró. Cati le miró a su vez con el aire rencoroso y provocativo que él odiaba tanto.
-Da gracias a que estás lejos de mi alcance -dijo él-. ¿Qué demonio te aconseja mirarme con esos infer­
nales ojos? Bájalos y procura no recordarme que existes. Creí que te había quitado ya las ganas de reírte.
-He sido yo -murmuró Hareton.
-¿Eh? -preguntó el amo.
Hareton bajó los ojos y guardó silencio. Heathcliff, después de contemplarle un instante, volvió a quedar
taciturno y se sumio en su comida y en sus meditaciones. Terminábamos ya y los jóvenes se habían
levantado discretamente, lo que dis ipó mi temor a nuevas complicaciones, cuando José se presentó en la puerta. Le temblaban los labios y le ardían los ojos. Comprendí que había descubierto el atentado cometido contra sus preciados arbustos. Empezó a hablar moviendo las mandíbulas como una vaca al rumiar, lo que hacía difícil de entender sus palabras:
-Quiero cobrar mi sueldo y marcharme. Había soñado morir en la casa en que he servido sesenta años, y
me proponía, para estar tranquilo, subir todas mis cosas al desván y cederles la cocina a ellos. Mucho me costaba abandonarles mi puesto a la lumbre, pero lo podía soportar. Mas ahora también me arrebatan el jardín, y eso, amo, es superior a mis fuerzas. Hinque usted la cabeza bajo el yugo si le parece bien, pero yo no tengo esa costumbre, y un viejo no se habitúa con facilidad a nuevas cargas. Prefiero ganarme el pan partiendo piedras en los caminos.
-¡Silencio, idiota! -interrumpió Heathchff -. ¿Qué te ha hecho? Yo no quiero saber nada de tus peleas con Elena. Por mí, que te tire a la carbonera, si le parece.
-No se trata de Elena -dijo José-. No me iría por Elena, a pesar de que es una malvada. Gracias a Dios, no
puede contaminar el alma de los demás. No es tan bonita como para hacer caer a nadie en tentación. Se trata de esa desgraciada mozuela, que ha embrujado a nuestro mu chacho hasta el extremo de que no sólo ha olvidado cuanto he hecho por él, sino que ha llevado su ingratitud hasta arrancar una fila entera de las mejores plantas de grosella que yo había plantado en el jardín.


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