Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.233
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Como usted ve, señor Lockwood, no era tan difícil conquistar el corazón de Cati. Pero ahora celebro que no lo intentara usted. El enlace de los dos muchachos coronará todos mis anhelos. El día de su boda no envidiaré a nadie. Seré la mujer más feliz de Inglaterra.
CAPÍTULO XXXIV
Llegó el otro martes, Earnshaw estaba aún imposibilitado de trabajar. Me hice cargo enseguida de que en lo sucesivo no me sería fácil retener a la señorita a mi lado como hasta entonces. Ella bajó antes que yo y salió al jardín donde había divisado a su primo. Al ir a llamarles para desayunar, vi que le había persuadido a arrancar varias matas de grosellas, y que estaban trabajando en plantar en el.espacio resultante varias semillas de flores traídas de la «Granja». Quedé espantada de la devastación que en me nos de media hora se había producido. A Cati se le había ocurrido plantar flores precisamente en el sitio que ocupaban los groselleros negros a los que José quería más que a las niñas de sus ojos.
-¡Oh! -exclamé-. En cuanto José vea esto se lo dirá al señor. ¡Y no sé cómo va usted a disculparse! Va mos a tener una buena rociada, se lo aseguro. No creía que tuviera usted tan poco seso, señorito Hareton,
como para hacer ese desastre porque la señorita se lo haya dicho.
-Me había olvidado que eran de José -repuso Earnshaw desconcertado-. Le diré que fue cosa mía.
Solíamos comer con el señor Heathcliff, y yo ocupaba el lugar del ama de casa, repartiendo la comida y preparando el té. Cati acostumbraba a sentarse a mi lado, pero aquel día se sentó junto a Hareton. No era más discreta en sus demostraciones de afecto que antes lo fuera en las de hostilidad.
-Procure no mirar ni hablar mucho a su primo -le aconsejé al entrar-. Es seguro que ello ofendería al
señor Heathcliff y le indignaría contra los dos.
-Haré lo que me dices -repuso.
Pero al cabo de un momento empezó a dar a Hareton con el codo y a echarle florecitas en el plato de la sopa.
Él no osaba hablarle, ni casi mirarla, pero ella le provocaba hasta el punto de que el muchacho estuvo dos veces a punto de soltar la risa. Yo arrugué el entrecejo.
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