Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.232
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Él se estremeció y se le encendió el rostro. La acritud y la aspereza huyeron de él. Al principio no supo pronunciar ni una palabra mientras ella le interpelaba:
-Anda, Hareton, dime que me perdonas. Me harás muy dichosa si lo dices.
El murmuró algo que yo no pude oír.
-¿Entonces seremos amigos? -agregó Cati.
-No -dijo él-, porque cuanto más me conozcas más te avergonzarás de mí.
-¿Así que te niegas a ser amigo mío? -continuó ella sonriendo tiernamente y acercandose más al muchacho.
Ya no oí lo demás que se decían, pero al mirarles distinguí dos rostros tan contentos inclinados sobre el mismo libro, que comprendí que a partir de aquel momento se había hecho la paz entre los dos adversarios. El libro que miraban tenía grabados muy bonitos, y ello y su personal situación tuvo la virtud de hacerles permanecer embelesados hasta que llegó José. El pobre hombre se escandalizó al ver a Cati y a Hareton sentados juntos, y a ella apoyando su mano en el hombro de su primo. Tan asombrado quedó, que ni siquiera supo exteriorizar su sorpresa, sino con profundos suspiros que lanzaba mientras abría su Biblia sobre la mesa y amontonaba sobre ella los sucios billetes de banco que eran el producto de sus transacciones en la feria. Finalmente, llamó a Hareton.
-Toma ese dinero, muchacho, y llévaselo al amo -dijo-. Ya no podremos seguir aquí. Tendremos que buscarnos otro sitio donde estar.
-Vámonos, Catalina -dije yo a mi vez-; ya he aca bado de planchar.
-Todavía no son las ocho -respondió la joven levantándose a su pesar---. Voy a dejar ese libro en la chimenea y mañana traeré más, Hareton.
-Cuantos libros traiga usted, los llevaré al salón -intervino José- y milagro será que vuelva usted a verlos. Así que haga lo que le parezca.
Catalina le amenazó con que los libros de José responderían de los daños que pudieran sufrir los suyos, se rió al pasar al lado de Hareton y subió a su cuarto con el corazón menos oprimido que hasta entonces. La intimidad entre los muchachos se desarrolló rápidamente, aunque con algunos eclipses. El buen deseo no era suficiente para civilizar a Hareton y tampoco la señorita era un mo delo de paciencia, pero como los dos tendían a lo mismo, ya que uno amaba y deseaba apreciar, y el otro se sentía amado y deseaba que le apreciasen, los resultados no se hicieron esperar.
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