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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.231

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Si fuesen ustedes amigos, ella le convertiría en un hombre distinto.
-¡Sí, sí! -contestó-. Me odia y no me considera digno ni de limpiarle los zapatos. Aunque me dieran una corona no me expondría más a ser motivo de burla para ella por intentar agradarla.
-Yo no te odio -dijo Cati-. Eres tú el que me odia a mí. ¡Me odias tanto o más que el señor Heathcliff!
-Eres una embustera -aseguró Hareton-. ¡Después de haberle incomodado tantas veces por defenderte! Y eso, a pesar de que me hacías enfadar y te burlabas de mí... Si sigues molestándome, iré a decirle que he tenido que marcharme de aquí por culpa tuya.
-Yo no sabía que me defendieras -contestó ella, secándose los ojos -; me sentía desgraciada y los odiaba a todos. Pero ahora te lo agradezco y te pido perdón. ¿Qué más quieres que haga?
Se aproximó al fuego y le alargó la mano. Hareton se puso sombrío como una nube de tormenta, apretó los puños y miró a tierra. Pero ella comprendió que aquello no era odio sino testarudez y, después de un instante de indecisión, se inclinó hacia él y le besó en la mejilla.
Enseguida, creyendo que no lo había visto, se volvió a la ventana. Yo moví la cabeza en señal de reproche, y ella murmuró:
-¿Qué iba a hacer, Elena? No quería mirarme ni darme la mano, y no he sabido probarle de otro modo que le aprecio y que deseo que seamos buenos amigos.
Hareton tuvo la cara baja varios minutos, y cuando la volvió a levantar no sabía dónde poner los ojos.
Catalina empaquetó en papel blanco un bonito libro, lo ató con una cinta, escribió en el envoltorio las palabras «Al señor Hareton Earnshaw», y me encargó que yo entregase el regalo al destinatario.
-Si lo acepta -me dijo-, indícale que iré yo a enseñarle a leerlo bien, y si lo rechaza adviértele que me iré a mi cuarto.
Yo hice todo lo que me decía. Hareton no abrió los dedos para coger el libro, pero no lo rechazó tampoco, asi que se lo puse sobre las rodillas y volví a mis ocupaciones. Cati se apoyó de codos sobre la mesa. Sonó de pronto el crujido del papel, que Hareton quitaba del libro, y ella entonces se levantó y fue a sentarse junto a su primo.


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