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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.230

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Heathcliff se hundía en su misantropía cada vez más, y casi no permitía a Hareton que apareciese por la sala. El muchacho sufrió a primeros de marzo un percance que le relegó a vivir casi de continuo en la cocina. Andando por el monte se le disparó la escopeta y la carga le hirió en un brazo. Cuando llegó a casa había perdido mucha sangre. Hasta que estuvo curado tuvo que permanecer en la cocina casi continuamente. A Cati le agradó que estuviera allí. Me incitaba constantemente a hacer algo abajo, para tener motivos de bajar ella.
El lunes de Pascua José fue a llevar ganado a la feria de Gimmerton. Pasé la tarde en la cocina repasando ropa. Hareton estaba sentado junto al fuego, tan sombrío como de costumbre, y la señorita se divertía en echar el aliento a los cristales de las ventanas y trazar figuras con el dedo. De vez en cuando canturreaba o hacía alguna exclamación, o bien miraba a su primo que seguía inmóvil, fumando, mirando al fuego. Dije a Cati que me tapaba la luz, y entonces ella se acercó a la chimenea. Al principio no me fijé en nada, pero luego oí que decía:
-¿Sabes Hareton que me gustaría que fueras mi primo si no te mostraras tan rudo y tan enfadado?
Hareton calló.
-¿Me oyes, Hareton? ¡Hareton, Hareton! -siguió ella.
-¡Quítate de en medio! -dijo él, hoscamente.
-Venga esa pipa -respondió la joven.
Y antes de que él pudiera reparar en nada, se la arrancó de la boca y la echó al fuego. Él la insultó groseramente y cogió otra pipa.
-Espera -exclamó Cati- Quiero hablarte y no puedo hacerlo viéndote esas nubes ante la cara.
-¡Déjame y vete al diablo! -repuso él.
-No quiero -insistió ella -. No sé cómo hacer para que me hables. Cuando te llamo tonto no pretendo insultarte ni quiero dar a entender que te desprecie. Anda, Hareton, atiéndeme, eres mi primo.
-No quiero tener nada que ver contigo, ni con tu soberbia, ni con tus condenadas burlas -replicó el joven-. ¡Antes me iré al infierno de cabeza que volver a mirarte! ¡Quítate de ahí!
Catalina arrugó las cejas y se sentó junto a la ventana, mordiéndose los labios y tarareando para dominar sus deseos de echarse a llorar.
-Debía usted hacer las paces con su prima, señorito Hareton -le aconsejé-, puesto que ella está arrepentida de haberle provocado.


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