Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.229
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-¿Verdad, Elena -dijo en una ocasión-, que hace la misma vida de un perro o de una caballería? Trabaja, come y duerme sin preocuparse de más. ¡Qué vacía debe de tener la cabeza y qué oscuro el espíritu! ¿Sueñas alguna vez, Hareton? ¿Qué piensas? ¿Por qué no hablas?
Y miró a Hareton, pero él no se dignó contestarle ni mirarla siquiera.
-Puede que ahora esté soñando -continuó Cati-. Ha hecho un movimiento como los que hace Juno.
-El señorito Hareton acabará pidiendo al amo que la envíe a usted arriba si no se porta usted bien con él -le dije.
Hareton no sólo había hecho un movimiento, sino que hasta había cerrado amenazadoramente los puños.
-Ya sé por qué Hareton no habla nunca cuando yo es toy en la cocina -siguió ella-. Tiene miedo de que me mofe. Una vez empezó él solo a aprender a leer, y porque me reí de él echó los libros al fuego. ¿Qué te
parece, Elena?
-¿Cree usted que hizo bien, señorita? -repuse.
-Puede que no me portase bien -contestó ella-, pero yo no creía que él fuera tan tonto. Hareton, ¿quieres un libro?
Y le entregó uno que ella había estado leyendo, pero él lo tiró al suelo, amenazándola con romperle la cabeza si no le dejaba en paz.
-Bueno: me voy a acostar -dijo ella-. Lo dejo en el cajón de la mesa.
Y se fue, después de advertirme por lo bajo que estuviese atenta para ver si Hare ton cogía el libro. Pero con gran enojo de Cati, no lo cogió. Ella estaba disgustada de la pereza de Hareton, y también de haber sido culpable de paralizar su deseo de aprender. Se aplicaba, pues, a remediar el mal. Mientras yo planchaba o hacía cualquier cosa, Cati solía leer en voz alta algún libro interesante. Si Hareton estaba presente, acostumbraba a interrumpir la lectura en los pasajes de más emoción. Luego dejaba el libro allí mismo, pero él se mantenía terco como una mula, y no picaba el anzuelo. Los días lluviosos se sentaba al lado de José, y los dos permanecían quietos como estatuas al lado del fuego. Si la tarde era buena, Hareton salía a cazar, y Cati bostezaba, suspiraba y se empeñaba en hacerme hablar. Y luego, cuando lo conseguía, se marchaba al patio o al jardín, y acababa en llanto.
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