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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.228

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¿Qué hay que liquidar, señor?
-¡El alquiler!
-Entonces tendrá usted que entenderse con la señora, o, mejor dicho, conmigo, porque ella todavía no sabe llevar bien sus cosas y soy yo quien me ocupo de todo.
La miré asombrado.
-Veo que usted no sabe que Heathcliff ha muerto -añadió.
-¿Que ha muerto? ¿Cuándo?
-Hace tres meses. Siéntese, déme el sombrero, y se lo contaré todo. ¿No ha comido usted aún, verdad?
-Ya he mandado en la «Granja» que preparen cena
Siéntese usted también. No se me había ocurrido que aquel hombre hubiera muerto. ¿Cómo fue? Los muchachos no volverán pronto...
-Sí; tardarán. Siempre les estoy reprendiendo, pero tardan más cada vez. Bien, por lo menos tome u sted un vaso de cerveza. Está usted muy fatigado.
Y se fue. Oí cómo José le reprochaba el tener amigos a su edad y el hacerles beber a costa de las bodegas del amo, lo que le parecía tan escandaloso, que se sentía avergonzado de no haber muerto antes de asistir a ello.
CAPÍTULO XXXIII
A los quince días de irse usted -empezó la señora Dean- me llamaron para que fuese a «Cumbres Borras­cosas», lo que hice con el mayor placer pensando en Cati. Al verla quedé asustada y disgustadísima: tal era el cambio que aprecié en ella desde que la viera por última vez. El señor Heathcliff no detalló los motivos por los que me hacía ir. Se limitó a decirme que me reservase la salita para su nuera y para mi, ya que de sobra tenía con verla una o dos veces diarias. A ella esto le gustó. Yo comencé a pasarle ocultamente libros y cosas que tenía en la «Granja» y le agradaban, y esperábamos pasarlo bastante bien. Pero no tardamos en desengañarnos. Cati se volvió muy pronto melancólica y se irritaba por cualquier niñería. No le permitían salir del jardín y esto aumentaba su disgusto, sobre todo a medida que iba entrando la primavera. Además, yo tenía que atender a las cosas de la casa, y ella tenía que quedarse sola en su cuarto. Yo no hacía caso de todo eso, pero como Hareton tenía muchas veces que irse a la cocina cuando el amo quería estar solo en el salón, ella principió a cambiar de modo de ser respecto a él. Siempre estaba hablándole, zahiriéndole, criticando la vida que llevaba.


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