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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.227

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Concluida la lección, en la que no faltaron algunos tropezones más, el alumno reclamó el premio ofrecido y lo recibió en forma de cinco besos que tuvo la generosidad de devolver. A continuación se acercaron a la puerta y por lo que hablaban saqué en limpio que iban a pasear por los pantanos. Pensé que el corazón de Hareton Earn shaw, por muy silenciosa que permaneciera su boca, me desearía los más crueles tormentos de las profundidades infernales si en aquel instante me presentara yo ante ellos, y me apresuré a refugiarme en la cocina. Allí, sentada a la puerta, distinguí a mi antigua amiga Elena Dean,
cosiendo y cantando una canción frecuentemente interrumpida por agrias palabras que salían del interior y cuyo tono destemplado distaba mucho de sonar con armonía.
-Aunque fuera así, valía más oírles jurar de la mañana a la noche que escucharte a ti -dijo aquella voz en respuesta a algún comentario de Elena ignorado para mí-. ¡Clama al cielo que no pueda uno leer la Santa Biblia sin que inmediatamente comiences tú a cantar las alabanzas del demonio y las vergonzosas maldades mundanas! ¡Oh, las dos estáis pervertidas y haréis que ese pobre muchacho pierda su almal ¡Está hechizadol -añadió gruñendo- ¡Oh, Señor! ¡Júzgalas tú, ya que no hay ley ni justicia en este pais!
-Sí; no debe haberla cuando no estamos retorciéndonos entre las llamas del suplicio, ¿eh? Cállate, vejete, y lee tu Biblia sin ocuparte de mí. Voy a cantar ahora Las bodas del hada Anita, que es bailable.
Y la señora Dean iba a empezar cuando yo me adelanté.
Me reconoció al punto, y se levantó enseguida, gritando:
-¡Oh, señor, bienvenido sea! ¿Cómo es que ha venido usted sin avisar? La «Granja de. los Tordos» está
cerrada. Debió usted advertirnos de que venía.
Ya he dado órdenes allí y podré arreglarme durante el poco tiempo que pienso estar -contesté-. Me mar-cho mañana. ¿Cómo la encuentro aquí ahora, señora Dean? Explíquemelo.
-Zillah se despidió y el señor Heathcliff me hizo venir cuando usted se fue a Londres. Pase... ¿Ha venido usted a pie desde Gimmerton?
-Vengo de la «Granja» -repuse- y quisiera aprovechar la oportunidad para liquidar con su amo, ya que no es fácil que se presente ocasión más propicia para los dos.
-¿Liquidar? -preguntó Elena mientras me acompañaba al salón-.


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