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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.224

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No renuncio a mis derechos nunca.
-No he venido a pedirle que renuncie a nada -respondí, molesto. Y, sacando la cartera del bolsillo, agre­gué-: Si quiere, liquidaremos ahora mismo.
-No es necesario -respondió con frialdad-. Seguramente usted dejará objetos suficientes a cubrir su débi­to, en el supuesto de que no vuelva usted. No me corre prisa. Tome asiento y quédese a comer con nosotros. ¡Cati! Sirve la mesa.
Cati llegó con los cubiertos.
La comida -con Heathcliff, melancólico Y huraño, a un lado y Hareton, silencioso, a otro-transcurrió muy poco alegremente. Me despedí en cuanto pude. Me hubiese gustado salir por la puerta de atrás para ver otra vez a Cati y para molestar al viejo José, pero no pude hacer lo que me proponía, porque mi huésped mandó a Hareton que me trajese el caballo y él mismo me acompañó hasta la salida.
«¡Qué tristemente viven en esta casa! -medité mientras bajaba por el camino-. ¡Y qué hermoso y romántico cuento de hadas hubiese sido para la señora Linton Heathcliff el que nos hubiésemos enamorado, como su buena aya quería, y hubiésemos marchado juntos a la turbulenta ciudad! »
CAPÍTULO XXXII
En setiembre de hace un año, un conocido me invitó a hacer estragos con él en los cazaderos que poseía
en el Norte y, de camino, pasé, sin esperarlo, a poca distancia de Gimmerton. El mozo de cuadra de la posada en que me había parado para que mis caballos bebiesen, dijo, al ver un carro cargado de avena recién cortada.
-Ése viene de Gimmerton. Siempre siegan tres sema nas después que en los demás sitios.
-¿Gimmerton? -dije.
El recuerdo de mi residencia en aquel lugar casi se había borrado en mi memoria.
-¡Ah, ya! -agregué . ¿Está lejos de aquí?
-Unas catorce millas de mal camino -me contestó el mozo.
Sentí un repentino deseo de visitar la «Granja de los Tordos». No era mediodía aún y pensé que pasaría la noche bajo el techo de la que t odavía era mi casa, tan bien por lo menos como en una posada. Y, de paso,
podía arre glar mis cuentas con el dueño, lo que me evitaría más adelante hacer un viaje con aquel objeto. Así que, tras des cansar un rato, encargué a mi criado que averiguase el camino de la aldea, y, no sin fatigar mucho a nuestras caballerías, llegamos finalmente a Gimmerton al cabo de tres horas.


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