Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.222
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Es verdad, a veces le oigo cuando intenta deletrear ¡y dice cada tontería! ¿Por qué no repites aquel disparate que dijiste ayer? Me di cuenta de cuando apelabas al diccionario para comprender de lo que se trataba aquella palabra, y te oí renegar y maldecir cuando no comprendiste nada.
Noté que el joven pensaba que era injusto burlarse de su ignorancia y a la vez de sus intentos de rectificarla. Yo compartí su sentimiento, y recordando lo que me contara la señora Dean sobre el primer intento de Hareton para disipar las brumas en que le habían educado, comenté:
-Todos hemos tenido que empezar alguna vez, señora, y todos hemos tropezado en el umbral del saber. Si entonces nuestros maestros se hubiesen burlado de nosotros, aún seguiríamos dando tropezones.
-Yo no me propongo limitar su derecho a instruirse -repuso ella-, pero él no tiene derecho a apoderarse de lo que me pertenece, y a profanarlo con sus errores y sus disparates de pronunciación. Mis libros de verso y de prosa eran sagrados para mí porque me recordaban mu chas cosas, y me es odioso verlos mancillados cuando los repite. Además, ha elegido para aprender mis obras favoritas, como si lo hiciera a propósito para molestarme...
Por unos instantes, el pecho de Hareton se agitó en silencio. Estaba colérico y mortificado y le costó mucho dominarse. Yo me puse en pie y me asomé a la puerta. Él salió de la habitación y a los pocos
minutos volvió cargado con seis u ocho libros. Se los echó a Cati en el regazo y dijo:
-Ahí los tienes. No quiero volver a verlos más, ni a leerlos, ni a ocuparme para nada de lo que dicen.
-Ya no los quiero -contestó ella-. Me harían re cordarte y los odiaría.
Sin embargo, abrió uno, que mostraba haber sido ma noseado muchas veces, y comenzó a leer un pasaje con la pronunciación lenta y dificultosa de alguien que estuviera aprendiendo a leer. Después se echó a reír.
-¡Escuchen! -dijo después. Y comenzó a recitar de la misma manera los versos de una antigua balada.
Él no pudo aguantar más. Oí -y no me sentí inclinado a censurarle del todo- un bofetón que hizo callar la provocativa lengua de la muchacha. Ella había hecho todo lo posible para exasperar los incultos pero susceptibles sentimientos de amor propio de su primo, y a éste no se le ocurrió otro argumento que aquel tan contundente para saldar la cuenta.
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