Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.221
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Cati la tecogí la leyó, me hizo algunas preguntas sobre los habitantes, tanto personas como animales de la «Granja», y al fin murmuró, como si estuviera hablando consigo misma:
-¡Cuánto me gustaría ir montada en Minny! ¡Cuánto me gustaría subir allá! Estoy fatigada y hastiada, Hareton.
Apoyó su linda cabeza en el alféizar de la ventana, y dejó escapar no sé si un bostezo o un suspiro, sin preocuparse de si la mirábamos o no.
-Señora Heathcliff -dije al cabo de un rato-, usted cree que yo no la conozco, y, sin embargo, creo conocerla profundamente. Así que me extraña que no me hable usted. La señora Dean no se cansa de alabarla, y sufrirá una desilusión si me vuelvo sin llevarle más noticias suyas que las de que no ha dicho nada sobre su carta.
Me preguntó asombrada:
-¿Elena le estima mucho a usted?
-Mucho -balbuceé.
-Pues entonces dígale que le contestaría gustosamente, pero que no tengo con qué. Ni siquiera poseo un libro del que poder arrancar una hoja.
-¿Y cómo puede usted vivir aquí sin libros? -dije-. Yo, que tengo una abundante biblioteca, me aburro en la «Granja», así que sin ellos debe ser desesperante la vida aquí.
-Antes yo tenía libros y me pasaba el día leyendo -me contestó-, pero como el señor Heathcliff no lee nunca, se le antojó destruirlos. Hace varias semanas que no veo ni sombra de ellos. Una vez revolví los libros teológicos de José, con gran indignación de éste, y otra vez, Hareton, encontré un almacén de ellos en tu cuarto: tomos latinos y griegos, cuentos y poesías... Todos, antiguos conocidos míos... Me los traje aquí y tú me los has robado, como las urracas, por el gusto de hurtar, ya que no puedes sacar partido de ellos. ¡Hasta puede que aconsejaras al señor Heathcliff, por envidia, que me arrebatase mis tesoros! Pero la mayor parte de ellos lo s retengo en la memoria, y de eso sí que no podéis privarme.
Hareton, sonrojandose cuando su prima reveló el robo de sus riquezas literarias, desmintió enérgicamente sus acusaciones.
-Quizá el señor Hareton siente deseos de emular su saber, señora -dije yo, acudiendo en socorro del joven- y se prepara a ser un sabio dentro de algunos años mediante la lectura.
-¡Sí, y que mientras me embrutezca yo! -alegó Catalina-.
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