Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.220
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No quiero por ningun concepto pasar otro invierno aquí.
CAPÍTULO XXXI
Ayer hizo un día despejado, frío y sereno. Como me había propuesto, fui a «Cumbres Borrascosas». La señora Dean me pidió que llevase una nota suya a su señorita, a lo que accedí, ya que no pensé que hubiera en ello segunda intención. La puerta principal estaba abierta, pero la verja no. Llamé a Eamshaw, que estaba en el jardín, y me abrió. El muchacho es tan bello que no se hallaría en la comarca otro parecido. Le miré atentamente. Cualquiera diría que él se empeña en deslucir sus cualidades con su zafiedad.
Pregunté si estaba en casa el señor Heathcliff y me dijo que no, pero que volvería a la hora de comer. Eran las once, y manifesté que le esperaría. Él entonces soltó los utensilios de trabajo y me acompañó, pero en calidad de perro guardián y no para sustituir al dueño de la casa.
Entramos. Vi a Cati preparando unas legumbres. Me pareció aún más hosca y menos animada que la vez anterior. Casi no levantó la vista para mirarme, y continuó su faena sin saludarme ni con un ademán.
«No veo que sea tan afable -reflexione yo-como se empeña en hacérmelo creer la señora Dean. Una
beldad, sí lo es, p ero un ángel, no.»
Hareton le dijo con aspereza que se llevase sus cosas a la cocina.
-Llévalas tú -contestó la joven.
Y se sentó en una banqueta al lado de la ventana, entreteniéndose en recortar figuras de pajaros y animales en las mondaduras de patatas que tenía a un lado. Yo me aproximé, con el pretexto de contemplar el jardín, y dejé caer en su falda la nota de la señora Dean.
-¿Qué es eso? -preguntó en voz alta, tirándola al suelo.
-Una carta de su amiga, el ama de llaves de la «Granja» -contesté, incomodado por la publicidad que daba a mi discreta acción, y temiendo que creyera que el papel procedía de mí.
Entonces fue a cogerla, pero ya Hareton se había adelantado, guardándosela en el bolsillo del chaleco, y diciendo que primero había de examinarla el señor Heathcliff. Cati volvió la cara silenciosamente, sacó un pañuelo y se lo llevó a los ojos. Su primo luchó un momento contra sus buenos instintos, y al fin sacó la carta y se la tiró con un ademán lo más despreciativo que pudo.
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