Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.218
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Además, ahora es tan pobre como usted y como yo. Es decir, más, porque seguramente usted tiene sus ahorros, y yo hago lo posible para reunirlos. Así que no está la señorita como para andar con sandeces ni con demasiado orgullo.
»Hareton aceptó mi ayuda -siguió contándome Zillah- y hasta se puso de buen humor, y cuando Catali na llegó trató de ser amable y agradable con ella.
»La señorita entró tan fría como el hielo y tan soberbia como una princesa. Yo le ofrecí mi asiento, y Hareton también, diciéndole que debía estar aterida de frío.
»-Hace un mes que lo es toy -contestó ella tan altanera y despreciativa como le fue posible.
»Cogió una silla y se sentó separada de nosotros.
»Cuando hubo entrado en calor, miró a su alrededor y al divisar unos libros en el aparador intentó cogerlos. Pero estaban demasiado altos, y viendo sus inútiles esfuerzos su primo se decidió a ayudarla. Comenzó a echarle los libros según los iba alcanzando y ella los recogía en su falda extendida.
»El. muchacho se sintió satisfecho con esto. Es verdad que la señora no le dio las gracias, pero a él le bastaba con haberle sido útil, y hasta se aventuró a mirar los libros mientras lo hacía ella, señalando algunas
páginas ilustradas que le llamaban la atención. No se desanimó por el desprecio con que Catalina le quitaba las páginas de los dedos, pero se apartó un poco y en vez de mirar los libros la miró a ella.
Catalina siguió leyendo o intentando leer. Hareton entretanto, ya que no podía distinguir su cara, se contentaba con contemplar su cabello. De pronto, casi inconsciente de lo que hacía, y más bien como un niño que se re suelve a tocar lo que está mirando, se le ocurrió alargar la mano y acariciarle uno de sus rizos, más suavemente que lo hubiera hecho un pajaro.
»Al sentir la mano de Hareton sobre su cabeza, Catalina dio un salto co mo si le hubieran clavado un cuchillo.
»-¡Vete! ¿Cómo te atreves a tocarme? -gritó disgustadísima---. ¿Qué haces ahí plantado? ¡No puedo soportarte! Si te acercas, me voy.
»Hareton retrocedió, se sentó y permaneció inmóvil Ella siguió absorta en los libros. Al cabo de media hora Hareton me dijo en voz baja:
»-Ruégale que nos lea alto, Zillah.
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