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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.214

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En cuanto salía de casa, regresaba creyendo que ella debía andar por allá. Y si se me ocurría pasar la noche en su alcoba me parecía que me golpeaban. Dormir allí me resultaba imposible. En cuanto cerraba los ojos, la sentía fuera de la ventana, o entrar en el cuarto, correr las tablas y hasta descansar su adorada cabeza en la misma almohada donde la ponía cuando era niña. Entonces yo abría los ojos para verla, y cien veces los cerraba y los volvía a abrir y cada vez sufría una desilusión más.
Esto me aniquilaba hasta tal punto que a veces lanzaba gritos y el viejo pillo de José me creía poseído del demo nio. Pero ahora que la he visto estoy más sosegado. ¡Harto me ha atormentado durante dieciocho años, no pulgada a pulgada, sino por fracciones del espesor de un cabello, engañándome año tras año con una esperanza que no se realizaba jamás!
Heathcliff calló y se secó la frente, que tenía húmeda de sudor. Sus ojos contemplaban las brasas del fuego. Tenía las cejas levantadas y una apariencia de dolorosa tensión cerebral le daba un aspecto conturbado. Al hablar se dirigía a mí vagamente. Yo callaba. No me agradaba aquel modo de expresarse.
Tras una breve pausa, descolgó el retrato de la señora Linton, lo puso sobre el sofá y lo contempló fijamente. Cati entró en aquel momento y dijo que estaba pronta a marchar en cuanto ensillasen el caballo.
-Envíame eso mañana -me dijo Heathcliff. Y agregó, dirigiéndose a ella-: Hace una buena tarde y no ne­cesitas caballo. Cuando estés en «Cumbres Borrascosas» tendrás de sobra con los pies.
-¡Adiós, Elena! -dijo mi señorita, besándome con helados labios-. No dejes de ir a verme.
-Líbrate muy bien de ello -me advirtió su nuevo suegro- Cuando te necesite para algo, ya vendré a visi­
tarte. No quiero que andes husmeando por mi casa.
Hizo señal a Cati de que le siguiera, y ella le obedeció, lanzando una mirada hacia atrás que me desgarró el corazón. Les vi desde la ventana bajar el jardín. Heathcliff cogió el brazo de Catalina, a pesar de que ella se negaba, y con rápido paso desaparecieron bajo los árboles del sendero.

CAPÍTULO XXX
En una ocasión fui a visitar a Cati, pero José no me dejó pasar. Me dijo que la señora estaba bien y que el amo se hallaba fuera.


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