Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.213
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El día que la enterraron, nevó. Al oscurecer me fui al cementerio. Soplaba un viento helado, y reinaba la soledad. Yo no temí que el simple de su marido fuese tan tarde, y no era probable que nadie merodease por allí. Al pensar que sólo me separaban de ella dos varas de tierra blanda, me dije:
»«Quiero volver a tenerla entre mis brazos. Si está fría, lo atribuiré a que el viento del norte me hiela, y si está inmóvil pensaré que duerme."
»Cogí una azada y cavé con ella hasta que tropecé con el ataúd. Entonces principié a trabajar con las manos, y ya crujía la madera, cuando me pareció percibir un suspiro que sonaba al mismo borde de la tumba. «¡Si pudiese quitar la tapa -pensaba-y luego nos enterraran a los dos! »Ya me esforcé en conseguirlo. Pero oí otro suspiro. Y me pareció notar un tibio aliento que caldeaba la frialdad del aire helado. Bien sabía que allí no había nadie vivo, pero tan cierto como se siente un cuerpo en la oscuridad aunque no se le vea, tuve la sensación de que Catalina estaba allí, y no en el ataúd, sino a mi lado.
Experimenté un inmediato alivio. Suspendí mi trabajo y me sentí consolado. Ríete, si quieres, pero después de que cubrí la fosa otra vez, tuve la impresión de que ella me acompañaba hasta casa. Estaba seguro de que se hallaba conmigo y hasta le hablé. Cuando llegué a las «Cumbres», recuerdo que aquel condenado Earnshaw y mi mujer me cerraron la puerta. Me contuve para no romperle la cabeza a golpes, y después subí precipitadamente a nuestro cuarto. Miré en torno mío con impaciencia. ¡La sentía a mi lado, casi la veía, y sin embargo no lograba divisarla! Creo que sudé sangre de tanto como rogué que se me apareciese,
al menos un instante. Pero no lo conseguí. Fue tan diabólica para mí como lo había sido siempre durante su vida. Desde entonces, unas veces más y otras veces menos, he sido víctima de esa misma tortura. Esto me ha sometido a una tensión nerviosa tan grande, que si mis nervios no estuviesen tan templados como cuerdas de violín, no hubiera resistido sin hacerme un desgraciado.
»Si me hallaba en la sala con Hareton, figurábaseme que la vería cuando saliese. Cuando paseaba por los pantanos, esperaba hallarla al volver.
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