Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.210
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Catalina se fue antes de alborear. No atreviéndose a marchar por la puerta por temor a que los perros ladrasen buscó otra salida, y habiendo hallado la habitación de su madre, se descolgó por el abeto que rozaba la ventana. Estas precauciones no bastaron para impedir que su cómplice sufriera el correspondiente castigo.
CAPÍTULO XXIX
La tarde siguiente al entierro, Cati y yo nos sentamos en lá biblioteca, meditando y hablando del sombrío porvenir que se nos presentaba.
Pensábamos que lo mejor sería lograr que Catalina fuese autorizada a seguir habitando la «Granja de los Tordos», al menos mientras viviera Linton. Yo sería su ama de llaves, y ello nos parecía tan relativamente bueno, que dudábamos de conseguirlo. No obstante, yo tenía esperanzas. De improviso, un criado -ya que, aunque estaban despedidos, éste no se había marchado aún- vino a advertirnos de que «aquel demonio de Heathcliff» había entrado en el patio, y quería saber si le daba con la puerta en las narices.
No estábamos tan locas como para mandar que lo hiciese, ni él nos dio tiempo. Entró sin llamar ni pedir permiso: era el amo ya y usaba de sus derechos. Llegó a la biblioteca, mandó salir al criado y cerró la puerta. Estaba en la misma habitación donde dieciocho años atrás entrara como visitante. A través de la ventana brillaba la misma luna y se divisaba el mismo paisaje de otoño. No habíamos encendido la luz aún, pero había bastante claridad en la cámara, y se distinguían bien los retratos de la señora Linton y de su esposo. Heathcliff se acercó a la chimenea. Desde aquella época no había cambiado mucho. El mis mo rostro algo más pálido y más serenó tal vez, y el cuerpo un tanto más pesado. No había más diferencia que aquélla.
-¡Basta! -dijo sujetando a Catalina, que se había levantado y se disponía a escaparse-. ¿Adónde vas? He venido para conducirte a casa. Espero que procederás como una hija sumisa y que no inducirás a mi hijo a desobedecerme. No supe de qué modo castigarle cuando descubrí lo que había hecho. ¡Como es tan endeble! Pero ya notarás en su aspecto que ha recibido su merecido. Mandé que le bajasen, le hice sentarse en una silla, ordené que saliesen José y Hareton, y durante dos horas estuvimos los dos solos en el cuarto. A las dos horas ordené a José que volviese a llevársele, y desde entonces, cada vez que me ve, mi presencia le asusta más que la de un fantasma.
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