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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.208

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Él comprendió que uno de los objetivos que se proponía su enemigo era apoderarse de su fortuna y de sus propiedades para su hijo, pero no alcanzaba a adivinar el porque no había querido esperar hasta su muerte, ya que el señor Linton ignoraba que él y su sobrino se llevarían poco tiempo el uno al otro en abandonar este mundo. En todo caso, resolvió
modificar su testamento, dejando la herencia de Cati, no en sus manos, sino en las de otros herederos, que eran personas de confianza, concediéndole sólo el usufructo, y luego la plena posesión a sus hijos, caso de que los tuviera. Así, los bienes de Catalina no irían a manos de Heathcliff aunque falleciese su hijo.
Según sus instrucciones, envié a un hombre en busca del procurador, y a otros cuatro, con armas, a buscar a la señorita. El primero de ellos volvió anunciando que había tenido que estar dos horas esperando al señor Green, y que éste vendría al siguiente día, ya que tenía quehacer en el pueblo. Los otros regresaron sin cumplir su misión, y dijeron que Cati estaba tan enferma, que no podía salir de su cuarto, y que Heathcliff no había permitido que la vieran. Les reproché como se merecían, y resolví no decir nada a mi amo, porque estaba resuelta a presentarme en «Cumbres Borrascosas» en cuanto amaneciera, llevando una tropa entera, si era menester, para tomar al asalto las «Cumbres» si no me entregaban a la cautiva. Me juré repetidas veces que su padre había de verla, aunque aquel miserable encontrara la muerte en su casa intentando impedirlo.
Pero no hubo necesidad de emplear tales recursos.
A cola de las tres, bajaba yo a buscar un jarro de agua, cuando, atravesando el vestíbulo, sentí un golpe en la puerta. Me sobresalté.
-Debe ser Green -pensé luego.
Y seguí con la intención de mandar que abrieran. Pero el golpe se repitió, y entonces, dejando el jarro, fui a abrir yo misma. Fuera, brillaba la luna. El que venía no era el procurador. La señorita me saltó al cuello, exclamando:
-¿Vive mi padre todavía, Elena?
-Sí, ángel mío -respondí-. ¡Gracias a Dios que ha vuelto usted con nosotros!
Ella quería ir sin detenerse al cuarto del señor, pero yo la hice sentarse un momento para que descansara,
le di agua y le froté el rostro con el delantal para que le salieran los colores.


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