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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.207

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Ella no quiso y él la tiró al suelo, le arrancó el re trato y lo pisoteó.
-¿Y qué le pareció a usted el espectáculo? -interro gué para llevar la conversación adonde me convenía.
-Yo hice un guiño -respondió-. Siempre guiño los ojos cuando mi padre pega a un perro o a un caballo, porque lo hace muy reciamente. Al principio me alegré de que la maltratara. También ella me había hecho daño al empujarme. Cuando papá se fue, ella me hizo ver cómo le sangraba la boca, porque se había cortado con los dientes cuando papá le pegó. Después recogió los restos del retrato, se sentó con la cara a la pared y no ha vuelto a diri girme la palabra. Creo a veces que la pena no la deja hablar. Pero es un ser terrible: no hace más que llorar y está tan pálida y tan huraña que me asusta.
-¿Puede usted coger la llave cuando le parezca bien? -pregunté.
-Cuando estoy arriba, sí --contestó-, pero ahora no puedo subir.
-¿En qué sitio está? -volví a preguntar.
Es un secreto y no te lo diré -respondió-. No lo saben ni siquiera Hareton ni Zillah. ¡Ea! Estoy cansado
de hablar contigo. Márchate.
Apoyó la cara en un brazo y cerró los ojos.
Yo reflexioné que lo mejor era ir a la «Granja» sin ver a Heathcliff y en ella buscar auxilio para la señorita. El asombro de los criados al verme llegar fue tan grande como su alegría. Al advertirles que la señorita estaba a salvo también, varios se precipitaron a anunciárselo al señor, pero yo me anticipé a todos. Había cambiado mucho en tan pocos días. Esperaba, resignado, la muerte. Estaba muy joven. Aún no tenía más que treinta y nueve años, pero representaba diez menos. Al verme entrar, murmu ró el nombre de Cati. Me incliné hacia él y le dije:
-Después vendrá Catalina, señor. Está bien, y creo que vendrá esta noche.
Al principio temí que la alegría le perjudicase, y, en efecto, se incorporó en el lecho, miró en torno suyo y se desmayó. Pero se recobró enseguida, y entonces le relaté lo ocurrido, asegurando que Heathcliff me había obli gado a entrar, y que, en rigor, no era totalmente cierto. De Linton hablé lo menos que pude y no detallé las bru talidades de su padre para no causar al señor mayor amargura.


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