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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.206

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.. ¡Vaya un modo de demostrar gratitud!
Linton torció los labios y se quitó de ellos el terrón de azúcar.
-¿Venía a «Cumbres Borrascosas» porque le odiaba a usted? -continué-. ¡Usted mismo lo dirá! Y de su dinero, ella no sabe siquiera si tiene usted poco o mucho. ¡Y la abandona, sola, ahí arriba, en una casa extraña! ¡Usted, que tanto se lamentaba de su abandono! Cuando se quejaba de sus penas, ella se compadecía de usted, y ahora usted no se apiada de ella. Yo, que no soy más que una antigua criada suya, he orado por Cati, como puede ver y usted, que ha asegurado quererla y que tiene motivos para adorarla, se reserva sus lágrimas para usted mismo y se está ahí sentado tranquilamente... ¡Es usted un cruel y un egoísta!
-No puedo con ella -dijo él-. No quiero estar a su lado. Llora de un modo inaguantable. Y no cesa de llorar aunque la amenace con llamar a mi padre. Ya le llamé una vez y él la amenazó con ahogarla si no se callaba, pero en cuanto él salió, ella empezó otra vez sus gemidos, a pesar de las muchas veces que le grité que me estaba importunando y no me dejaba dormi r.
-¿Está ausente el señor Heathcliff? -me limité a preguntar, viendo que aquel cretino era incapaz de com­prender el dolor de su prima.
-Está hablando en el patio con el doctor Kenneth -contestó-. Creo que el tío, al fin, se está muriendo. Y lo celebro, porque de ese modo yo seré el dueño de su casa. Cati dice siempre «mi casa», pero en realidad es mía. Papá asegura que todo lo de ella es mío. Míos son sus lindos libros, y sus pájaros, y su jaca. Así se lo dije cuando ella me prometió regalármelo todo si le daba la llave y la dejaba salir. Entonces se echó a llorar, se quitó un dije que lleva al cuello con un retrato de su madre y otro del tío cuando eran jóvenes, y me lo ofreció si le permitía escaparse. Esto sucedió ayer. Le dije que también me pertenecían y fui a quitárselos. Entonces, esa odiosa mujer me dio un empellón y me lastimó. Yo lancé un chillido -cosa que la espanta siempre- y acudió papá. Al sentir que venía, rompió en dos el medallón, y me dio el retrato de su madre mientras intentaba esconder el otro, pero cuando papá llegó y yo le expliqué lo que sucedía, me qui­tó el que ella me había dado y le mandó que me entregase el otro.


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