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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.204

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-Ten un poco de paciencia -contestó-. Dentro de un rato te traerán el desayuno.
Golpeé la puerta furiosamente y sacudí con fuerza el picaporte. Cati inquirió los motivos de prolongar mi encierro. Él contestó que duraría una hora más. Y los dos se fueron. Al cabo de dos o tres horas oí pasos, y una voz que no era la de Heathcliff me dijo:
-Te traigo la comida. Abre.
Obedecí, y vi a Hareton, que me traía provisiones para todo el día.
-Toma -dijo entregándomelas.
-Atiéndeme un minuto -comencé a decir.
-No -respondió, marchándose sin hacer caso de mis súplicas.
El día y la noche siguientes seguía encerrada. Pero mi prisión se prolongó más aún: cinco noches y cuatro días en total. A nadie veía sino a Hareton que llegaba todas las mañanas. Llevaba bien su papel de carcelero, ya que era insensible, sordo y mudo a todo intento de excitar sus sentimientos de justicia o su piedad.

CAPÍTULO XXVIII
Al atardecer del quinto día sentí aproximarse a la habitación un paso breve y ligero, y Zillah penetró en el aposento, ataviada con su chal rojo y con su sombrero de seda negra y llevando una canastilla colgada al brazo.
-¡Oh, querida señora Dean! -exclamó al verme -. ¿No sabe usted que en Gimmerton se asegura que se ha­
bía usted ahogado en el pantano del Caballo Negro, con la señorita? Lo creía hasta que el amo me dijo que las había encontrado y las había hospedado aquí. ¿Cómo está usted? ¿Qué le pasó? Encontrarían ustedes alguna isla en el fango, ¿no es eso? ¿La salvó el amo, señora Dean? En fin, lo importante es que no ha padecido usted mucho, por lo que se ve.
-Su amo es un mis erable -contesté- y esto le costará caro. El haber inventado esa historia no le servirá de nada. ¡Ya se sabrá todo!
-¿Qué quiere usted decir? -exclamó Zillah-. En todo el pueblo no se hablaba de otra cosa. Como que al entrar dije a Hareton: «¡Qué lástima de aquella mocita y de la señora Dean, señorito! ¡Qué cosas pasan!» Hareton me miró asombrado, y entonces le conté lo que se rumo reaba en el pueblo. El amo estaba oyéndonos, y me dijo:
«Sí, Zillah, cayeron en el pantano, pero se han salvado. Elena Dean está instalada en tu cuarto.


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