Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.203
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Mire, no lloro ya, pero me arrodillo ante usted, y no me levantaré ni apartaré mi vista de su rostro hasta que usted me mire. ¡Míreme, no vuelva la cara! No me
ofende que me haya usted maltratado. ¿No ha amado nunca a nadie, tío? ¿Nunca? Míreme, y si me ve tan
desdichada, no podrá por menos de compadecerme.
-¡Suéltame y apártate, o te pateo! -gritó Heathcliff -. ¡No sueñes en lisonjearme! ¡Te odio!
Y una sacudida recorrio su cuerpo, como, si en efecto, el contacto de Catalina le repugnase. Me puse en pie y me preparé a lanzarle una avalancha de insultos, pero al prime ro que proferí me amenazó con encerrarme en una habitación a mí sola, y hube de callar. Mientras tanto empezaba a oscurecer. A la puerta sentimos ruido de voces. Heathcliff se precipitó fuera. Conservaba su perspicacia, bien al contrario que
nosotras. Le oímos hablar con alguien dos o tres minutos. Volvió solo al cabo de un trecho.
-Creí -dije a Cati- que sería su primo Hareton. ¡Si llegara, tal vez se pusiese de nuestra parte!
-Eran tres criados de la «Granja» -replicó Heathcliff, que me oyo-. Podías haber abierto la ventana y chillar. Pero estoy cierto de que esa muchacha celebra que no lo hayas hecho. En el fondo se alegra de tener que quedarse.
Las dos empezamos a lamentarnos de la ocasion que habíamos perdido. A las nueve nos mandó que subiésemos al cuarto de Zillah. Yo aconsejé a mi compañera que obedeciésemos, pues tal vez desde allí podríamos salir por la ventana o por un tragaluz. Pero la ventana era muy estrecha y una trampilla que daba al desván estaba bien cerrada, de modo que nuestros intentos fueron inútiles. Ninguna de las dos nos acostamos. Cati se sentó junto a la ventana esperando que llegase la aurora, y sólo res pondía con suspiros a mis ruegos de que descansase un poco. Por mi parte, me senté en una silla, y comencé a hacer un severo examen de conciencia sobre mis faltas, de las que me imaginaba que procedían todas las desventuras de mis amos.
Heathcliff llegó a las siete y preguntó si la señorita estaba levantada. Ella misma corrió a la puerta y contestó afirmativamente.
-Vamos, pues -dijo Heathcliff, llevándosela.
Quise seguirla, pero cerró la puerta con llave. Le rogue que me dejase libre.
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