Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.200
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Mas la puerta de la cocina estaba cerrada y las ventanas eran excesivamente angostas, incluso para la esbeltez de Cati.
-Señorito Linton -dije yo-, ahora va usted a decirnos qué es lo que su padre se propone, o de lo contrario cuente con que yo le vapulearé a usted como él ha hecho con su prima.
-Sí, Linton, dínoslo -agregó Catalina-. Todo ha sucedido por venir a verte, y si te niegas a hablar serás un ingrato.
-Dame el té, y luego te lo diré -repuso el joven-. Señora Dean, márchese un momento. Me molesta tenerla siempre delante. Cati, te están cayendo las lágrimas en mi taza. No quiero ésa. Dame otra.
Cati le entregó otra y se enjugó las lágrimas. Me mo lestó la serenidad del muchacho. Comprendí que había sido amenazado por su padre con un castigo si no lograba atraernos a aquella encerrona, y que, una vez conseguido, no temía ya que cayese sobre él mal alguno.
-Papá quiere que nos casemos --dijo, tras beber un sorbo de té-. Y como sabe que tu padre no lo permitiría ahora, y además el mío tiene miedo de que yo me muera antes, es preciso que nos casemos mañana por la mañana. Así que tienes que quedarte toda la noche aquí, y después de hacer lo que quiere mi padre, venir a buscarme al día siguiente y llevarme contigo.
-¿Llevarle con ella? -exclamé -. ¿Ese hombre está loco o cree que los demás somos tontos? Pero ¿es posible que usted se imagine que esta hermosa joven se va a casar con un desdichado como usted? ¿Se figura que nadie en el mundo le aceptaría a usted por marido? Se merece usted una buena zurra por habernos hecho venir con sus cobardes artimañas y... ¡No me mire así, porque tengo ganas de castigar su maldad y su estupidez con una paliza!
Le di un empujón, y sufrió un ataque de tos. Enseguida empezó a llorar y a gemir. Cati me impidió
hacerle nada.
-¡Quedarme aquí toda la noche! -dijo-. ¡Si es pre ciso, prenderé fuego a la puerta para salir!
E iba a poner en práctica su amenaza. Pero Linton, asustado por las consecuencias que ello acarrearía para él, se incorporó, la sujetó entre sus débiles brazos, y dijo, entre lágrimas:
-¿No quieres salvarme, Cati? ¿No quieres llevarme contigo a la «Granja»? No me abandones, Catalina.
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