Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.198
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Pero tu padre no te hará nada. ¿Por qué le temes?
-No entraré más en esa casa -aseguró Linton- si no me acompañas tú.
-¡Silencio! -exclamó su padre-. Es preciso respetar los escrúpulos de Catalina. Elena, acompáñale tú. Será preciso que siga tus consejos: llamaremos al médico.
-Acertará usted -contesté-, pero el acompañar a su hijo no me es posible. Tengo que quedarme con la señorita.
-Sigues tan altiva como de costumbre -comentó Heathcliff-. Y, ya que no te compadeces del chiquito, vas a hacerme que le pinche sin quererlo. Ea, mozo, ven acá. ¿Quieres volver conmigo a casa?
Y fue a sujetar al joven, pero él se apartó, se cogió a su prima y le suplicó, frenético, que le acompañase.
Verdaderamente, resultaba difícil negarse a lo que se pedía de tal modo. Las causas de su terror
permanecían ocultas, pero lo cierto es que el muchacho estaba espantado y con todas las apariencias de volverse loco si el acceso nervioso aumentaba. Llegamos, pues, a la casa. Cati entró y yo permanecí fuera
esperándola, pero el señor Heathcliff me empujó y me obligó a entrar, diciéndome:
-Mi casa no está apestada, Elena. Me siento hospitalario. Pasa. Con tu permiso, voy a cerrar la puerta.
Y cerró con la llave. Yo sentí un vuelco en el corazón.
-Tomaréis el té antes de volveros -siguió diciendo-. Hoy estoy solo. Hareton ha salido con el ganado, y
Zillah y José se han ido a divertirse. Yo estoy acostumbrado a la soledad, pero cuando encuentro buena
compañia, lo prefiero. Siéntese junto al muchacho, señorita Linton. Ya ve que le ofrezco lo que tengo -me refiero a Linton- y si no es gran cosa, lo lamento mucho. ¡Cómo me mira usted! Es curioso que siempre me siento atraído hacia los que parecen temerme. De vivir en un pais menos escrupuloso y donde la ley fuera menos rígida, creo que me dedicaría a hacer la disección de esos dos como entretenimiento vespertino.
Dio un terrible puñetazo en la mesa y exclamó:
-¡Voto a ... ! ¡Les aborrezco!
-No le temo -dijo Cati, que no había percibido la última parte de la charla de Heathcliff.
Y se acercó a él. Brillaban sus ojos.
-¡Traíga la llave! -exigió-. No comeré aquí aunque me muera de hambre.
Heathcliff cogió la llave y se quedó mirando a Cati con sorpresa.
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