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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.193

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En lugar de su desgana infantil de antes, se apreciaba en él el pesimismo amargo del enfermo incurable que no quiere ser consolado y que considera insultante la alegría de los demás. Catalina reparo que el Íderaba nuestra compañía más como un castigo que consi como un placer, y no vaciló en proponer que nos marcháramos. Linton, al oírlo, cayó en una extraña agitación. Miró horrorizado en dirección de las «Cumbres» y-nos rogó que permaneciéramos con él media hora más.
-Yo creo --dijo Cati- que en tu casa te encontrarás mejor que aquí. Hoy no te entretienen mi conversación, ni mis canciones... En estos seis meses te has hecho más formal que yo. Claro que si creyese que eso te divertía, me quedaría contigo con mucho placer.
-Quédate algo más, Cati -dijo el joven-. No digas que estoy mal, ni lo pienses. Es el calor y el bochorno que me abruman. Antes de llegar tú, he andado mucho. No digas al tío que me encuentro mal. Dile que estoy bastante bien. ¿Lo harás?
-Le diré que me lo has dicho así, Linton. Pero no puedo asegurarle que estés bien -dijo, extrañada, la se
ñorita.
-Ven a verme el jueves, Cati -murmuró él, esquivando su mirada -. Y dale muchas gracias al tío por ha­berte dejado venir. Y, mira... Si encuentras a mi padre, no le digas que he estado taciturno, porque se enfadaría...
-No me importa que se enfade -repuso Cati, cre yendo que el enfado sería solamente hacia ella.
-Pero a mí sí -contestó, estremeciéndose, su primo-. No hagas que se enfade conmigo, Cati, porque le temo.
-¿Así que es severo con usted, señorito? -intervine yo- ¿De modo que se ha cansado de ser tolerante?
Linton me miró en silencio. Inclinó la cabeza sobre el pecho y durante diez minutos le oímos suspirar. Cati se entretenía en coger arándanos y los repartía conmigo, sin ofrecerle a él por no enojarle.
-¿Ha transcurrido ya la media hora, Elena? -me preguntó Cati al oído-. Yo creo que no debemos que­darnos más. Linton se ha dormido y papá nos espera.
-Tenga usted paciencia hasta que se despierte -respondí-. ¡Qué prisa tiene en irse! Tanta como impacien­cia tenía usted por encontrarle.
-¿Para qué quería verme Linton? -contestó Catalina---. Yo preferiría que estuviese como antes, a pesar de su mal humor de entonces.


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