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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.192

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Nos habíamos citado en el jalón de la encrucijada. Pero no encontramos a nadie allí. Llegó a corto rato un muchachito y nos dijo que el señorito Linton estaba un poco mas allá y que nos agradecería muchísimo que nos acercásemos algo más.
-El señorito Linton -repuse- ha olvidado que su tío puso como condición que las entrevistas fueran en te­
rrenos de la «Granja».
-Podemos hacerlo -dijo Cati-viniendo hacia aquí cuando nos encontremos.
Le vimos a un cuarto de milla de su casa, tumbado sobre los matorrales. No se levantó hasta que estuvimos muy cerca de él. Nos apeamos y él dio unos pasos hacia nosotras. Estaba tan pálido y parecía tan
débil, que no pude por menos de exclamar:
-¡Pero, señorito Linton, hoy no está usted para pasear! Me parece que se encuentra usted muy malo.
Cati le miró, asombrada y entristecida, y la bienvenida que le preparaba se convirtió en una pregunta de si se hallaba peor que otras veces.
-Estoy mejor -respondió él, sofocándose y temblando mientras le cogía la mano como en busca de apoyo y fijaba en ella sus ojos azules.
-Entonces es que has empeorado desde la última vez que te vi -insistió su prima ---. Estás mucho más delgado...
-Es que estoy cansado -repuso el joven-. Sentémonos, hace demasiado calor para pasear. Suelo encon­trarme mal por las mañanas. Mi padre dice que es que estoy creciendo muy deprisa.
Cati se sentó, descontenta, y él se acomodó a su lado.
-Esto se parece al paraíso que tú anh elabas -dijo la joven, esforzándose en bromear---. ¿No te acuerdas de que convinimos en pasar dos días, uno como a ti te gustaba y otro como me agradaba a mí? Lo de hoy es tu
ideal, aparte de que hay nubes, pero eso resulta aún más bonito que el sol... Si la semana que viene te encuentras bien, ire mos a caballo al parque de la «Granja» y pondremos en práctica mi concepto del paraíso.
Se advertía que Linton no recordaba nada de lo que ella le decía y que le costaba mucho trabajo mantener una conversación. Demostraba tal falta de interés, en cuanto ella le mencionaba, que Cati no podía ocultar su desilusión. La volubilidad del joven que, con mimos y caricias, solía dejar lugar al afecto, se había convertido ahora en una apatía total.


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