Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.186
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Daba miedo mirarle. Su delgado rostro y sus grandes ojos ardían de impotente furor. Cogió el
picaporte de la puerta y lo agitó, pero no pudo abrirla, porque estaba cerrada por dentro.
»José rió de nuevo burlonamente.
»-¡Ábreme o te mato! -bramó Linton-. ¡Te mato, demonio!
»-¡Mira, mira! -dijo el criado-. Ahora es el genio del padre el que habla por su boca. ¡Claro, todos tenemos algo del padre y algo de la madre! Pero no temas, Ha reton, muchacho, no te hará nada...
»Cogí las manos de Linton y quise separarle de la puerta, pero gritó de tal modo, que no me atreví a insistir. De pronto, un terrible ataque de tos apagó sus gritos, arrojó una bocanada de sangre por la boca y cayó al suelo. Me precipité al patio y llamé a Zillah. Ella dejó las vacas que estaba ordeñando y corrió hacia mí. Mientras le explicaba lo sucedido, procuré arrastrarla al lado de Lin ton. Earnshaw había salido, y en aquel momento se llevaba a su cuarto al pobre muchacho. Zillah y yo le seguimos, pero Hareton se volvió y me ordenó que me fuese a casa. Yo le contesté que él había matado a Linton y quise entrar. Pero José cerró la puerta con llave y me preguntó si me había vuelto tan loca como mi primo. En fin, yo me quedé allí llorando, hasta que volvió la criada diciéndome que dentro de poco Linton estaría mejor y que no había por qué llorar de aquel modo. Luego me hizo ir al salón a viva fuerza.
»Yo me mesaba los cabellos, Elena. Lloré hasta abrasarme los ojos. Y ese rufián que te inspira tantas
simpatías se atrevió a interpelarme varias veces y hasta me ordenó callar. Yo le dije que iba a contárselo todo a papa y que a él le llevarían a la cárcel y le ahorcarían, lo que le asustó mucho. Salió para ocultar su miedo. Me convencieron por fin de que me fuera. Cuando estaba yo a unas cien yardas de la casa, él apareció de pronto y detuvo a Minny.
»-Estoy muy disgustado, señorita Catalina -empe zó a decir-, pero es que...
»Yo, temiendo que quisiera asesinarme, le lancé un latigazo. Me soltó y profirió horribles maldiciones. Volví a casa al galope, fuera de mí.
»Aquella noche no te vine a saludar, ni al día siguiente volví a «Cumb res Borrascosas», si bien lo deseaba vivamente.
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