Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.185
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-Un momento, señorita -atajé -. No seré yo quien la riña, pero no me complace su proceder. Si hubiera pensado que Hareton es tan primo de usted como Linton, habría comprendido que obraba usted injustamente. Por lo menos, la intención de Hareton al procurar ponerse al nivel de Linton ya habla mucho en su favor. Y crea que no aprendió para lucirse con ello, sino porque antes le había humillado usted por ignorancia y él, rectificándola, quiso hacerse grato a sus ojos. No obró usted bien burlándose de él. Si austed la hubieran criado en las condiciones en que ello ha sido, no sería menos torpe. Él era un niño inteligente y despierto, y me duele que se le desprecie sólo porque el malvado Heathcliff le haya rebajado de tal manera...
-Presumo, Elena, que no vas a ponerte a llorar por esto -exclamó la joven sorprendida-. Espera y verás...
Cuando entré, Linton estaba medio tumbado. Se levantó un poco y me saludó.
»-Esta noche no me encuentro bien, querida Catalina -dijo-. Habla tú y yo te escucharé. Antes de irte has de prometerme volver de nuevo.
»Al saber que estaba enfermo, le hablé tan dulcemente como pude, procurando no incomodarle ni preguntarle nada. Yo había llevado un libro: él me pidió que le leyera algo de él, e iba a hacerlo, cuando Earnshaw entró de repente dando un portazo. Cogió a Linton por un brazo y le arrojó violentamente del asiento.
»-¡Lárgate a tu habitación! -profirió, con la voz desfigurada por la ira y el rostro contraído de rabia-. Llévatela contigo, y si viene a verte, libraos bien de aparecer por aquí. ¡Fuera los dos!
»Y obligó a Linton a marcharse a la cocina. A mí me amenazó con el puño. Dejé caer el libro, muy asustada, y él, de un puntapié, lo echó a mi lado y cerró la puerta detrás de nosotros. Oí una maligna risa, y al volverme distinguí junto al fuego a ese odioso José, que se frotaba las manos y decía:
-¡Ya sabia yo que acabaría echándoles fuera! ¡Es todo un hombre, sí! Y se va despabilando... Él sabe muy bien quién debía ser el verdadero amo aquí. ¡Ja, la, ja! Bien les ha chasqueado, ¿eh?
»-¿Adónde vamos? -pregunté a mi primo, sin aten der al viejo.
»Linton se había puesto pálido y temblaba. Te aseguro, Elena, que no estaba nada guapo en aquel momento.
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