Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.180
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Mas ella opinaba lo contrario, sin duda, a juzgar por la expresión que puso Linton cuando ella se inclinó para hablarle al oído.
-No volverá usted, señorita -le dije -. No se le ocurrirá semejante cosa. Mandaré arreglar la cerradura para que no pueda usted escaparse.
-Puedo saltar por el muro -repuso ella, bromean do-. Elena, la «Granja» no es una prisión, ni tú un carcelero. Tengo ya diecisiete años y soy una mujer. Y Linton se repondría seguramente si yo le cuidara. Tengo más edad y más juicio que él, no soy tan niña. Él hará lo que yo le diga si le mimo un poco. Cuando se porta bien, es adorable. ¡Cuánto me gustaría que viviera en casa! Una vez acostumbrados el uno al otro no reñiríamos nunca. ¿No te agrada Linton, Elena?
-¿A mí? ¡Es el chico más insoportable que he visto en mi vida! Menos mal que no llegará a cumplir veinte años, según dijo el mismo señor Heathcliff. Mucho dudo de que llegue ni a la primavera. Y no creo que su familia pierda nada porque se muera. Hemos tenido suerte con que no se quedara en casa. Cuanto mejor le hubiéramos tratado, más pesado y más egoísta se hubiera vuelto. Celebro mucho, señorita, que no
haya ninguna posibilidad de que llegue a ser su marido.
Mi compañera se puso seria al oírme, ofendida de que hablase con tanta frialdad de la muerte de su primo.
-Es más joven que yo -repuso- y lógicamente debiera vivir más, o por lo menos tanto como yo. Está ahora tan fuerte como cuando llegó. Y si dices que papá se pondrá bueno, ¿por qué no es posible que también él mejore de su dolencia?
-No hablemos más -repuse-. Si usted se propone volver a «Cumbres Borrascosas», se lo diré al señor y si
él lo autoriza, acordes. Si no, no se renovará la amistad con su primo.
-Ya se ha renovado -argumentó Cati.
-Pero no continuará.
-Ya veremos -replicó.
Y espoleando a la jaca, Catalina partió al galope, obligándome a apresurarme para alcanzarla.
Llegamos poco antes de comer. El señor, creyendo que veníamos de pasear por el parque, no nos pidió explicaciones. En cuanto entré me cambié de zapatos y medias, ya que tenía empapados unos y otras, pero la mojadura había producido su efecto, y a la mañana siguiente tuve que guardar cama, en la que permanecí tres semanas seguidas, lo que no me había ocurrido antes, ni gracias a Dios me ha vuelto a suceder.
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