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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.179

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-Mire -le dije-, voy a levantarle y a sentarle en la silla, y allí retuérzase cuanto quiera. No podemos hacer otra cosa. Ya se habrá usted convencido, señorita Cati, de que no se convienen ustedes mutuamente, y que la falta de usted no es lo que tiene enfermo a su primo. Ea, ya está... Ahora, cuando él sepa que no hay nadie para hacer caso de sus caprichos, se tranquilizará solo.
Cati le puso una almohada bajo la cabeza y le ofreció agua. Él la rechazó y empezó a hacer dengues sobre la almohada, cual si fuese incómoda como una piedra. Cati quiso arreglársela bien.
-Esta no es bastante alta -dijo el muchacho -. No me sirve.
Cati puso otra sobre la primera.
-¡Ahora queda alta en exceso! -murmuró el capri choso joven.
-Entonces, ¿qué hago? -dijo ella, desesperada.
Linton se inclinó hacia Cati, que se había arrodillado a su lado, y descansó la cabeza sobre el hombro de la joven.
-No, eso no es posible -intervine yo-. Conténtese con la almohada, señorito Heathcliff. No podemos entretenernos más aquí.
-Sí podemos -repuso la joven---. Ahora va a ser bueno ya. Estoy pensando en que me sentiré más desdichada que él esta noche si me voy con la idea de haberle perjudicado. Dime la verdad, Linton. Si mi visita te ha perju dicado, no debo volver.
-Ahora debes venir para curarme -alegó él-, ya que me has puesto peor de lo que estaba cuando viniste.
-Yo no he sido la única culpable -contestó la mu chacha-. Has sido tú con tus arrebatos y tus llantos. Vaya, seamos amigos. ¿Quieres de verdad volver a verme?
-¡Ya te he dicho que sí! -replicó el muchacho con impaciencia -. Siéntate y déjame que me recueste en tu regazo. Mamá lo hacía así cuando estábamos juntos. Estáte quieta y no hables, pero canta o recítame alguna balada, o cuéntame un cuento.
Cati recitó la balada más larga que recordaba. Aquello les agradó mucho a los dos. Linton le pidió luego que recitase otra, y otra después, y así siguió la cosa hasta que el reloj dio las doce, y oímos regresar a Hareton, que venía a comer.
-¿Vendrás mañana, Cati? -preguntó él cuando la joven, contra su voluntad, empezaba a levantarse para
irse.
-No -repuse yo-; ni mañana, ni pasado.


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