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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.178

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Cati rompió a llorar con pena, pero no dijo nada. Linton, cuando dejó de toser, quedó en silencio mirando a la lumbre. Cati, a su vez, cesó de llorar y se
sentó al lado de su primo.
-¿Cómo se siente ahora, señorito? -le pregunté, pasado un rato.
-¡Ojalá se encontrara ella como yo! ¡Qué cruel es y qué implacable! Hareton no me pega nunca. Y hoy,
que yo me encontraba mejor... -replicó él, terminando por prorrumpir en llanto.
-No te he pegado -contestó Catalina, mordiéndose los labios para contenerse.
Él gimoteó y suspiró. Se notaba que lo hacía adrede para aumentar la aflicción de su prima.
-Lamento haberte hecho daño, Linton -dijo ella, al fin, traspasada de pena-, pero a mí un empellón como aquél no me hubiera lastimado, y creí que a ti tampoco. ¿Te duele? No quiero volver a casa con el pensamiento de haberte hecho daño. ¡Contéstame!
-No puedo -respondió el joven-. Tú no sabes lo que es esta tos, porque no la tienes. No me dejará dormir en toda la noche. Mientras tú descanses tranquilamente yo me ahogaré, aquí solo. No sabes las noches qu e paso.
Y el muchacho, empezó a gemir, tanta era la pena que le inspiraban sus propios sufrimientos.
-No será la señorita quien vuelva a molestarle --dije yo-. Si no hubiese venido, no habría perdido usted nada. Pero no volverá a importunarle, estése tranquilo...
-¿Quieres que me vaya, Linton? -preguntó Catalina.
-No puedes rectificar el mal que me has hecho -replicó él---. ¡A no ser que quieras seguir molestándome hasta producirme calentura!
-Entonces, ¿me voy?
-Por lo menos, déjame solo. No puedo ahora hablar contigo.
Cati se resistía a marcharse, pero, al fin, como él no le contestaba, cedió a mis instancias y se dirigió
hacia la puerta seguida por mí. Pero antes de que llegáramos, oímos un grito que nos hizo volver. Linton se había dejado caer de su s illa y se retorcía en el suelo. Era una simple chiquillada de niño mal educado, que quiere molestar todo lo posible. Comprendí por este detalle cuál era su carácter y la locura que sería tratar de complacerle. En cambio, la señorita se aterrorizó y, deshecha en llanto, trató de consolarle. Pero él no dejó de retorcerse y gritar hasta que le faltó la respiración.


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